lunes, 16 de febrero de 2026
Ese claro-oscuro celestial del poema
domingo, 15 de febrero de 2026
En el arrecife de tu cuerpo
sábado, 14 de febrero de 2026
La desnudez de su silencio
viernes, 13 de febrero de 2026
Un verso en el vientre del viento.
jueves, 12 de febrero de 2026
Recobro el Preludio en Espejo
miércoles, 11 de febrero de 2026
Escribiendo poesía en mis deseos
martes, 10 de febrero de 2026
Una caricia imaginaria
lunes, 9 de febrero de 2026
En el anonimato del exilio interior
domingo, 8 de febrero de 2026
Entre hebras de sueño alfabéticas
sábado, 7 de febrero de 2026
Algoritmo celestial de la poesía
Relato XVIII -La ausencia de todas las batallas
Vivir en el penal de Sensuntepeque fue una condena del cuerpo y un lento goteo que erosionaba el alma. Allí, el tiempo no transcurría; se arrastraba, denso y húmedo, cargando consigo los ecos desvanecidos del mundo exterior.
Aquel hilo tenue que me unía a la vida -la compañía familiar- comenzó a deshilacharse cuando el amor que lo sostenía reveló su fragilidad. Los primeros meses fueron un vértigo de esperanzas: cada jueves, la madre de mis hijas era un faro que puntualmente hendía la penumbra. Pero luego, el olvido empezó a dilatarlo todo. Las visitas se espaciaron en una lenta agonía: quince días, un mes, tres... hasta que, tras un año, solo quedó un silencio absoluto. La relación había perecido de inanición, ahogada en la distancia infinita que crean los muros.
Aprendí, con la amarga lucidez que da la piedra, que enamorarse en la prisión es un naufragio seguro para quien ha perdido su norte. Yo, en cambio, conservaba el mío grabado a fuego: mi encierro era político, parte de un proceso revolucionario. Tenía una causa, un nombre por el cual resistir. Pero ni la certeza más firme calienta el frío de la soledad.
La soledad en cautiverio no es la ausencia de gente; es la certeza de un abismo. Lo incierto no es el tiempo, sino la fidelidad del afecto.
Los años se acumulaban como capas de polvo en el alma, hasta que un jueves cualquiera se transfiguró. Un relámpago de gracia partió en dos la monotonía: ante mí apareció, por primera vez, mi hermano gemelo Txanba. Y con él, como un milagro adjunto, mis hijas y su madre. Las contemplaba tras un año y medio de sequía visual; a él, después de casi dos. Aquel día no fue una simple visita. Fue un renacimiento.
Supimos después que el compañero Chema había sido el ángel taciturno de ese reencuentro. Le dijo a Txanba: «Dile a los compas que manden a alguien a visitar a tu hermano. Él no tiene a nadie que venga a verlo». Así pasé año y medio, sumido en el olvido, hasta que mi hermano apareció.
Y desde aquel día, nunca más faltó. Se convirtió en la presencia fiel, en el peregrino que atravesaba montañas y burocracias para alcanzarme. Él es más que mi hermano: es mi camarada de lucha, de pensamiento, mi reflejo inalterable. A veces sospecho que, en algún plano esencial, soy él. Quizás por ser gemelos, su presencia ha sido un paisaje constante en mi interior, incluso en su ausencia. Tengo sus gestos, sus ritmos, su mirada; lo habito por completo. Desde la infancia en el Hogar del Niño, aun cuando quisieron separarnos, nuestra unidad fue inquebrantable. A través del exilio, la distancia, las tormentas, en lo bueno y en lo adverso.
Mi hermano. Mi otro yo. Mi vida y la suya, entrelazadas en un único destino.
Siempre juntos, siempre.
aapayés
viernes, 6 de febrero de 2026
La memoria es un árbol que camina
jueves, 5 de febrero de 2026
Tengo el cosquilleo imaginario en las manos
miércoles, 4 de febrero de 2026
Me exilio en el corredor que no conduce a nada
martes, 3 de febrero de 2026
Me gusta perderme en ti
lunes, 2 de febrero de 2026
Un verso al mundo exquisito del amor y la vida
domingo, 1 de febrero de 2026
Me pierdo
sábado, 31 de enero de 2026
Soy la blasfemia escrita
viernes, 30 de enero de 2026
Me refugio en el escritorio de la noche
jueves, 29 de enero de 2026
En las venas literarias
miércoles, 28 de enero de 2026
La vida es un atisbo de aliento
martes, 27 de enero de 2026
Un átomo de luz en la penumbra
Relato X -El día en que el tiempo se partió en dos
El día en que el tiempo se partió en dos
Un domingo cualquiera, o eso creí al principio. Amanecí entre los muros silenciosos del seminario franciscano, donde la paz parecía entrelazarse con la piedra. Tras un desayuno rápido, salí. El aire olía a lluvia reciente y a tierra húmeda. A las diez en punto, una cita urgente me aguardaba en el zoológico de San Salvador: Flor, Héctor y yo debíamos trazar las líneas frágiles de una red de salud clandestina. La guerra respiraba a nuestro alrededor, y cada gesto de organización era un acto de fe contra el olvido.
Llegaron puntuales. Flor llevaba en brazos a su hija, una criatura de seis meses que dormía ajena al mundo que la rodeaba. Nos saludamos con la seriedad breve de quienes conocen el valor del tiempo. Bajo la sombra de un árbol, expliqué la urgencia: montar casas de seguridad, preparar logística para lo que venía. Las palabras salían medidas, precisas, como puntos de sutura en una herida abierta.
Terminada la reunión, emprendimos la caminata hacia la parada del autobús, la ruta 12 que nos devolvería al vientre gris de la capital. Caminábamos frente a la Escuela de Sordomudos, un lugar de silencio enseñado, cuando el paisaje se quebró.
Al otro lado de la calle, frente a las rejas del zoológico, dos vehículos sin placas se habían detenido. Fantasmas de metal y vidrio polarizado. El primero, un sedán blanco, albergaba cuatro figuras inmóviles; el segundo, una pickup doble cabina, cargaba otros cuatro hombres en su interior y cuatro más sobre la capota. Todos vestidos de civil. Todos fuertemente armados. Todos con la mirada fija en nosotros, como halcones sobre una presa que ya ha sido señalada.
El peso del instante cayó sobre mí como una losa. Con la niña aún en mis brazos, musité hacia Flor: "El enemigo. Está frente a nosotros". Sus ojos se agrandaron, reflejando el mismo entendimiento lúcido y frío. Empezamos a tender líneas de fuga con la mirada, mientras el autobús de la ruta 12 se acercaba, rugiendo como una bestia de salvación. Subimos. El vehículo arrancó en dirección a Los Planes de Renderos, llevándonos en sentido contrario a aquellos coches letales.
Pero no hubo escape. Por el espejo retrovisor, vi cómo los fantasmas de metal se ponían en movimiento, siguiendo nuestro rastro con una calma aterradora. El paisaje verde comenzaba a desfilar cuando, en la curva del kilómetro 8, perdí de vista a nuestros perseguidores. Una esperanza frágil, un respiro. "Me bajo con Héctor", dije rápido a Flor. "Tú sigues hasta Los Planes".
Héctor descendió. Yo iba tras él cuando, en un relámpago, los vehículos reaparecieron, cerrándonos el horizonte. "¡Corre!", le grité a Héctor, y volví a subir al autobús de un salto. Me acerqué a Flor, cuyo rostro era ya un mapa de tensiones. "Yo me quedo en el seminario. Tú llega hasta al parque Balboa". Le pedí al conductor que redujera la marcha. En la próxima curva, antes de que el metal asesino nos alcanzara, me lancé al vacío.
El mundo se volvió piernas, asfalto y el sonido de mi propia respiración. Corrí hacia la entrada del seminario, ese refugio que ya no lo era. Al cruzar la calle, vi por el rabillo del oído cómo los vehículos se detenían frente a la iglesia, bloqueando la paz del lugar. No me detuve. Me adentré en los pasillos conocidos, deshaciéndome de papeles comprometedores en los baños, quemando evidencias con la urgencia del condenado.
Escalé el muro trasero. Desde allí, el mundo era una calle vacía cuesta arriba. Vacía, excepto por dos figuras que vigilaban la esquina. Uno de ellos volvió la cabeza. Nuestras miradas se cruzaron en el aire envenenado.
Retrocedí. Busqué el último santuario: un aula donde el padre Miguel Cabada impartía una charla a un grupo de la comunidad eclesial de base. Sus palabras de fe flotaban en la habitación. Yo solo podía hacerle gestos desesperados, señales mudas de auxilio, cuando la puerta se abrió de par en par.
La luz del pasillo, de repente, se quebró. Se recortó en ella la geometría brutal de cinco siluetas. No eran hombres; eran la materialización de una amenaza larga y temida. Empuñaban fusiles G3, y el metal frío de sus cañones era la única respuesta a la pregunta no hecha, la única palabra en ese silencio electrizante.
No hubo diálogo, no hubo escapatoria. Solo el lenguaje primitivo de la violencia: el impacto seco de las culatas contra las costillas, un ritmo sordo que hablaba de quebrantos. Los orificios oscuros de los fusiles, círculos perfectos de una condena, se fijaron en mí. Mi mirada, contra todo pronóstico, no se desvió. Era una serenidad extraña, un lago en calma en medio del huracán, y se cruzó, una a una, con cada uno de esos ojos negros de acero que me apuntaban. Era un duelo mudo, un reconocimiento final entre el cazador y lo cazado.
Los golpes, sin embargo, no cesaban. Eran el tambor que marcaba el fin. Y de entre aquel bosque de armas y brazos, unas manos ásperas, con la urgencia de quien tapa un secreto, me vendaron los ojos a golpes. La luz del mundo se apagó, reemplazada por una tela áspera y la presión de nudillos contra los pómulos.
Forcejeé. Fue un acto puro de instinto, un espasmo del animal acorralado contra un destino cuyo guión ya estaba escrito en tinta indeleble. Un movimiento inútil, sí, pero necesario: el último testimonio de un cuerpo que se niega a ser dócil ante su desaparición. No hubo piedad en la fuerza que se opuso a la mía. Como un fardo, como una cosa, me arrastraron fuera de aquel santuario de palabras y fe, cruzando el umbral donde terminaba la paz y comenzaba la noche.
El aire libre me golpeó, seguido por el impacto seco de un puño en la cabeza. "A vos te queríamos, hijo de puta", escupió una voz. Moví la cabeza con violencia, y por un instante, bajo la ceguera forzada, vi un rostro. Un rostro conocido. Era un oreja, un infiltrado que había compartido aulas y consignas en Ciencias Sociales con la gente del FEUS, el frente estudiantil.
Otro golpe, esta vez con la cold steel de una pistola 9 milímetros. La luz estalló en chispas blancas dentro de mi cráneo. Me arrojaron al piso del asiento trasero del sedán blanco. Las botas pesadas se posaron sobre mi costado, mis piernas, mi pecho, pisoteando el aliento. El hombre a mi cabeza no cesaba: me golpeaba con la culata de su pistola, una y otra vez, mientras presionaba el cañón frío contra mi sien, bajo la oreja.
El clic seco del gatillo al ser amartillado resonaba más fuerte que cualquier golpe. "Hoy no salís vivo de esta, hijo de puta", mascullaba, y su aliento olía a cigarrillo y odio. "Te tenemos. Y nos vas a entregar a los demás."
El vehículo arrancó, y el camino se convirtió en un túnel de oscuridad, dolor y ese clic metálico, repetido como un mantra de muerte. Pero esa… esa ya es otra parte de la historia.
aapayés
lunes, 26 de enero de 2026
La ilusión de ser poesía
domingo, 25 de enero de 2026
El evangelio según mi costilla desgarrada
sábado, 24 de enero de 2026
Me gusta desvanecerme en tu ausencia
viernes, 23 de enero de 2026
Desde un escondite del alma
jueves, 22 de enero de 2026
El capricho celestial del silencio
miércoles, 21 de enero de 2026
Flotando en las mareas negras de lo eterno
martes, 20 de enero de 2026
Constructor de latidos ajenos
lunes, 19 de enero de 2026
Audición surrealista de la poesía
domingo, 18 de enero de 2026
Entre el vuelo y la caricia
sábado, 17 de enero de 2026
Seremos el viento que desordena los ejes
Relato IX -La canción necesaria
Escuchar las canciones necesarias en El Salvador era una sentencia de muerte, si los cuerpos represivos te encontraban con dicha música.
Ali Primera, Guaraguau, Víctor Jara, Inti Illimani, Quilapayún, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, por nombrar solo algunos.
La Universidad tenía su propio latido: un pulso político, intelectual, y sobre todo, un aliento colectivo. Y en ese aire cargado de preguntas y anhelos, entraban aquellas canciones que, como pan fresco, alimentaban la conciencia y nutrían el espíritu revolucionario. Una cosa era escuchar la voz de Silvio, otra muy distinta era verlo.
Silvio llevaba más de una década cantando, pero su voz llegó a nosotros a principios de los ochenta, mientras los movimientos sociales -el BPR entre tantos otros- vivían su pleno apogeo. Así, con aquella música de fondo, transcurrían los días, los meses, los años de lucha. Una banda sonora para la resistencia.
No fue hasta julio de 1989 cuando, por fin, tuve la oportunidad de verlo cantar. Fue en un video, sí, pero era la primera vez que sus gestos, su mirada, acompañaban la guitarra y la palabra. Sucedió un sábado, el 22 de julio. Aquel día, yo debía organizar unos movimientos de apoyo a la organización y al sector cristiano, tarea fundamental en aquellos tiempos agitados.
Así llegué, ya entrada la noche, al Seminario Franciscano de los Planes de Renderos. Tras una reunión con unos seminaristas, uno de ellos -nicaragüense, de voz serena- me propuso: “Quedémonos a ver cantar a Silvio”. La propuesta me estremeció. Sería la primera vez que lo vería, aunque fuera a través de la pantalla. Acepté sin dudar. Y allí me quedé, hasta que la madrugada se hizo dueña del silencio, mientras la voz de Silvio llenaba la sala, concierto íntimo, luz y sombra en aquel rincón de El Salvador.
Aquel sábado, por fin, había visto cantar a Silvio Rodríguez.
Me fui a dormir tarde, con sus acordes aún resonando en el pecho, sabiendo que al amanecer me esperaba una coordinación con unos compañeros en el parque Zoológico de San Salvador. Quedaba de paso, en el mismo trayecto hacia la ciudad, donde tomaría el autobús número 12.
Pero esa… esa es otra historia, que contaré en otro momento.
aapayés


























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