Derramad, oh sí, derramad
cordilleras de fervor
en un éxtasis sin ocaso,
en un prolongado amén de luz.
Tiembla, tiembla el verbo recién nacido
entre las astillas del sueño.
¡Oh, pertinaz comunión,
oh, liturgia torcida
donde sólo cabe tu nombre!
La última epifanía:
te investí con un arcoíris de alianza,
los salmos que nunca fueron grafía,
sino sagrario sobre tu piel.
Mis labios, cálices itinerantes,
consagraron con ósculos escritos
la geografía de tu desnudez.
Derramad, otra vez derramad,
colinas de anhelo
en el piélago de tu reclamo.
Acoplados al rito de leer
-en el pergamino de tu cuerpo-
el evangelio del alba naciente.
aapayés

