
Picasso vino a mi estudio
y coloreó el rojo, azul del continente,
verde grito de amarillo
en lo pálido de la piel
de mis murmullos ocres, lienzo,
cuerpo abierto a los pinceles.
Picasso derrochó el acrílico
por el óleo esbelto de mi paleta
y crucificó el cubismo
por el figurativo verso de mis pinceles.
Picasso dibujó
con el gesto más sublime
la imagen pura de mis pensamientos:
la mujer.
Sonriendo y en silencio,
Picasso se marchó
para seguir pintando
Guernica
con los colores más vivos de los vascos,
sonriéndole al amor
y a la vida, en paz.
aapayés


