Soy la metáfora
del que no piensa,
liturgia de tinta seca
en el balcón donde la demagogia
se peina con viento,
en el tobogán que resbala hacia el eco,
en el abanico que despliega pájaros
y los pierde.
Misterio es pensarme:
el día se desgrana como un collar roto,
la noche abre sus compuertas
y del este al oeste
el cisne no vuela:
es volado,
y el guiño del alba
es un ojo que parpadea ceniza
cuando abro la esperanza
y esta se derrama,
líquida,
sin forma,
contra el cristal.
Soy la metáfora de la muerte
que se desviste,
esqueleto de mimbre
caminando hacia adentro
por el pasillo del ombligo,
donde el sentimiento
es un animal dormido
que sueña que sueña.
Y no grito:
mi voz es un hilo que se enreda en la luna.
No siento:
mis manos tocan lo que ya se fue.
No pienso:
mi cabeza es una habitación vacía
donde alguien olvidó una lámpara encendida.
Y ya no escribo:
las letras se fugaron al revés
y ahora son arañas
tejiendo tu nombre
en la pared del olvido.
Solo en mi moribundo mundo
donde vivir
es asistir al derrumbe
de la parábola de la muerte,
con las manos vacías
-pero abiertas-,
no al destino,
sino al destierro de los espejos,
no al olvido,
sino al polvo que el olvido respira.
Ya no vivo por ti,
ni por mí:
soy el intervalo entre dos sombras,
la grieta donde el sol
no llega
pero se refleja,
divago
como la rama quebrada
que aún recuerda el árbol,
al ritmo de un péndulo
que no marca horas
sino ausencias.
aapayés











































