domingo, 3 de mayo de 2026
Un reloj que llora pájaros
Relato XVI - La justicia desde el fondo del olvido
La justicia, cuando te encuentras preso, nunca la miras con los mismos ojos que cuando cruzas libre las calles. Lo aprendí no en los libros ni en los discursos, sino en la herida viva de una experiencia que me partió todos los esquemas, como un rayo que quiebra el árbol por medio.
En el penal de Sensunte -ese lugar donde el tiempo se vuelve piedra-conocí a un hombre. Era campesino, de esos que la tierra reclama como suyos y que la ciudad olvida como sombras. Indígena. Analfabeto. Su mirada tenía la calma honda de los que ya han visto demasiado, y sin embargo conservaban intacta la dulzura de quien no sabe odiar.
Me acerqué a él, conversamos. Su voz era pausada, como el paso del buey bajo el sol. Le pregunté por su causa, por esos papeles que los jueces llaman "expediente" y que para él no eran más que jeroglíficos incomprensibles.
-Estoy preso -me dijo, sin rencor, como quien cuenta el peso de los años- por una libra de frijoles.
Nada más. Una libra de frijoles. Dos años llevaba ya encerrado cuando lo conocí. Dos años por aquel puñado de granos que el hambre le arrancó las manos una tarde sin esperanza. Tenía familia, tenía hijos, tenía el vientre vacío y el país entero negándole un jornal.
Con el tiempo, salió. Lo recuerdo despidiéndose con ese gesto suyo, humilde, medio sonrisa, como si la libertad fuera un regalo que no se atreviera a merecer del todo. Salió a reencontrarse con los suyos, a rehacer la trama rota de su vida.
Pero el destino -o mejor dicho, la injusticia con uniforme- le tenía reservada una crueldad mayor.
Apenas 7 u 8 meses después, volví a verlo dentro de la prisión. Allí estaba, con la misma mansedumbre de siempre, como si nunca hubiera salido. Se había reencontrado con los barrotes, con el frío de la losa, con ese olor a humedad y derrota que tienen las celdas.
-¿Qué pasó? 'le pregunté con la voz rota por la perplejidad.
Y él, con esa calma que desarma, que duele más que cualquier grito, me respondió:
-Me volvieron a capturar.
¿El motivo? Los cuerpos represivos imaginaron que se había fugado de la cárcel. Sí, lea bien: los poderosos supusieron que este hombre sin oficio, sin letras, sin nadie más que su hambre y su familia, contaba con una red que lo arrancara de la justicia. No había tal cosa, por supuesto. Solo el miedo y el capricho de los que mandan. Lo atraparon otra vez. Por las mismas libras de frijoles -que ya entonces era un eco, un fantasma- lo devolvieron al infierno.
Casi cinco años de su vida encerrado por una libras de frijoles. Dos años y medio de la primera condena. Sale, respira unos meses de aire libre, y otra vez los grilletes. Todo por el mismo puñado de granos. Por aquella noche de hambre que él recordaría hasta el último de sus días.
Después salí también, trasladado a San Salvador. Perdí su rastro. No volví a encontrarlo. No sé si alguna vez la libertad le fue devuelta del todo. Pero su rostro se me quedó grabado como una pregunta sin respuesta.
Esa fue la realidad que removió nuestra conciencia adentro de la prisión, que nos exigió un compromiso más hondo. Los campesinos, los indígenas, los hijos de los pueblos originarios -muchos de ellos analfabetos- llenaban las celdas. Y nosotros, presos políticos, asumimos entonces una tarea sagrada: alfabetizarlos. Leer y escribir era para ellos la llave de un mundo que habían atravesado siempre a oscuras. Así nacieron los colectivos de estudio, donde compartíamos el análisis de la realidad, donde encendíamos entre todos una pequeña hoguera contra la noche.
La poesía se hizo palabra y los libros un racimo de letras que alimentaban la conciencia.
Esa es la verdad de las cárceles en El Salvador. En aquel tiempo, en este tiempo. Todo cambia para que nada cambie, sobre todo para los pobres. Como bien lo dijo Víctor Hugo: para los miserables de este mundo.
«A los ignorantes enseñadles lo más que podáis; la sociedad es culpable por no dar instrucciones gratis; es responsable de la oscuridad que con esto produce. Si un alma sumida en las tinieblas comete un pecado, el responsable no es en realidad el que peca, sino el que no disipa las tinieblas.»
La justicia, ya se sabe, tiene dos pesos y dos medidas. Cuando estás libre, crees que es ciega. Cuando estás preso, descubres que siempre ha mirado hacia otro lado.
aapayés
sábado, 2 de mayo de 2026
Qué el engaño desnude tu silencio
viernes, 1 de mayo de 2026
Esa esquina que no tiene nombre de calle
jueves, 30 de abril de 2026
Haciendo el amor a escondidas
miércoles, 29 de abril de 2026
El verso celestial de la palabra
martes, 28 de abril de 2026
Párrafo en la médula del espejo
lunes, 27 de abril de 2026
Nadando entre dos noches
domingo, 26 de abril de 2026
Alabanza de la noche sin nombre
sábado, 25 de abril de 2026
No vociferes contra el eco que se come su propia
viernes, 24 de abril de 2026
En este mundo de tentaciones
jueves, 23 de abril de 2026
Entregado a la hoguera del deseo.
Relato XXIV - El silbato de la vida
En Sensuntepeque existía un aire denso, una tensión latente en la convivencia entre los presos comunes y los militares, quienes ocupaban el primer sector. Todo transcurría con la normalidad y la calma aparentes de aquellos días, hasta que llegó un momento en que los reclusos comunes comenzaron a urdir entre dientes, en voz baja, el plan de dar muerte a un hombre que había pertenecido a la guardia, un preso militar. Fue entonces cuando yo, sin desearlo, de manera accidental, me vi envuelto en aquel conflicto que hervía entre unos y otros.
Debía cumplir unos asuntos en el sector militar: necesitaba entrevistarme con un preso común, y aquella era la única manera de hablar con él. En medio del trayecto me topé con ese guardia. Era un hombre de contextura fornida, macizo, de una estatura que rondaba entre el metro ochenta y cinco y el noventa. Le pedí permiso para pasar; él negó con la cabeza, en ademán provocador, y yo, con brusquedad, me abrí paso. Fue entonces cuando comenzó a restarme, a decirme que quería golpearme, que peleáramos a puñetazos. Me mantuve siempre en la reserva, tratando de evitar el enfrentamiento, hablándole para hacerle ver que no era necesario llegar a los golpes.
En ese momento nos hallábamos en un pasillo de peligro notorio, y allí me acorraló. Comenzó a golpearme, y yo no tuve más remedio que defenderme. No sé bien cómo fue que intentó apuñalarme; yo le desvié el brazo, esquivé el golpe y me libré de él. En eso, otro militar, amigo suyo, intervino diciendo: “No, no, no, ni lo toques, ni siquiera lo enfrentes, porque si le causas una lesión a un preso político te vas a ganar una pena muy grande”. No obstante, la batalla ya había comenzado: peleábamos con fiereza, con rudeza, con una violencia que parecía no tener freno.
Entonces sonó el silbato, como el pito del árbitro que detiene el juego. Al oírlo, todos los guardias se movilizaron y llegaron al lugar donde nos encontrábamos. Nos separaron. A aquel militar se lo llevaron al sector militar, y a mí me tomaron con calma y me dejaron ir sin más contratiempo hacia el sector donde estaban los presos políticos y comunes.
Al bajar las gradas de aquel sector, encontré un gran alboroto: tanto los presos comunes como los presos políticos estaban revueltos, dispuestos a todo. Habían escuchado los comentarios de lo sucedido y se preparaban para salir a ayudarme. En medio de aquella confusión, un compañero preso político se me acercó y me dijo: “Nosotros estábamos aquí pendientes, listos para defenderte”. Los presos comunes habían sacado sus sernas blancas, esos cercos que llaman machete cortado, y todos estaban dispuestos a enfrentarse, a protegerme.
Fue una de tantas veces -quizá la tercera- en que mi vida corrió verdadero peligro dentro de la prisión. Era la tercera ocasión en que me confrontaba con la violencia blanca, ya fuera de parte de presos comunes o militares. Pero allí quedó el asunto.
Horas después me llamó el comandante del penal, el director. Me llevó a la dirección y me preguntó qué había ocurrido, pues le extrañaba verme involucrado en semejante pleito. Yo, con un dejo de ironía, le respondí: “Pues quién comenzó la pelea fue este señor, bastante absurdo”.
Y la charla continuó amena y me propuso que le hiciera un trabajo. Yo le dije de que se trataba y el a su estilo me comenta.
-quiero que me pintes el escudo nacional en el portal de la entrada al penal.
Le dije sin vacilación que si, que le haría ese mural.
Ese día fue el inicio de mi traslado posterior al penal de Mariona y después al penal de Santa Ana.
miércoles, 22 de abril de 2026
Infraganti tentación a ti
martes, 21 de abril de 2026
Quebrándome en la orilla de tus labios
lunes, 20 de abril de 2026
En el universo de tu alma
domingo, 19 de abril de 2026
Acariciando pupilas que miran hacia adentro
sábado, 18 de abril de 2026
Con las manos llenas de pájaros que no vuelan
viernes, 17 de abril de 2026
Qué rico es hacerle el amor a una ausencia
jueves, 16 de abril de 2026
En el ocaso del féretro del pensamiento
miércoles, 15 de abril de 2026
Ni con el parpadeo de tus sentidos
martes, 14 de abril de 2026
Desnudos a la orilla de la noche
lunes, 13 de abril de 2026
De arder sin llama en el deseo de sentir
domingo, 12 de abril de 2026
Salmo del Cuerpo Amado
sábado, 11 de abril de 2026
Mi más pura poesía
viernes, 10 de abril de 2026
Soy el manantial del silencio eterno
jueves, 9 de abril de 2026
Letanía del Olvido
Relato XXIII - El amor de un verso nacido en los ojos
Aquella hora muerta del internado no era una hora cualquiera. Era el intervalo entre el mediodía y las dos de la tarde, ese paréntesis en que el mundo de los adultos se rendía a la siesta obligatoria y nosotros, los niños, quedábamos suspendidos en una burbuja de quietud. El silencio no era vacío, sino una tela tensa habitada sólo por respiraciones ajenas, por el leve crujir de los colchones viejos, por algún suspiro que otro escapado de un sueño incipiente. Pero cuando el reloj daba las dos, como un latido exacto, se desataba el rito: nos alineaban en fila y nos conducían a la biblioteca.
La biblioteca. Más que una sala, una catedral de sombras y papel. Allí, entre estantes que se alzaban hasta el techo como murallas de mundos encerrados, nos entregaban a las tareas escolares o, como solía ocurrir en mi caso, al delicioso extravío de la lectura. Mis dedos, aún torpes, recorrían los lomos encuadernados en piel o cartón gastado: Romeo y Julieta, La Madre, María, el Infierno de Dante, Tom Sawyer, La cabaña del tío Tom. Clásicos que devoraba a medias, con esa voracidad incompleta de la infancia, cuando se lee más con el corazón que con la razón. Y fue allí, sin estrépito ni advertencia, donde me llegó el amor.
No un amor cualquiera, sino el amor en estado puro: el beso imaginado, el destino de un afecto infinito que los libros derramaban sobre mí como un vino oscuro y dulce. Las imágenes de aquellos relatos me devoraban el ánimo. Me encendían una pasión por el amor idealizado, por la poesía que invadía mis venas como una fiebre dulce. Palpitaba en mí el deseo de sentir, de vivir aquellos versos que hablaban de un beso, una caricia, una mirada, un te amo o un te quiero inolvidable. Todo sucedía en los corredores de aquel recinto inmenso, donde las aventuras infantiles, con los años, se transformarían en la lectura infalible de la adolescencia: amor y rebeldía.
Un día, sin embargo, el rumor llegó a mis oídos como una brasa encendida. Los orientadores estaban reunidos en las llamadas "bancas de hierro", unos asientos fríos y renegridos plantados en el jardín frente a la cancha de fútbol. Hacían sus valoraciones, esos juicios de adultos que los niños escuchamos sin querer, o queriendo demasiado. Uno de ellos dijo, con la suficiencia de quien cree poseer la verdad:
-Para mí, la más bella es la chica de ojos claros, entre verdes y azulados.
-Vilma -exclamó otro, asintiendo.
-Sí -confirmó un tercero.
Y al escuchar ese nombre, al sentir ese dictamen de belleza posado sobre una desconocida, algo se removió en mi pecho. No era celos, no era deseo aún. Era la pregunta germinando: ¿quién es? Así nació mi inquietud, mi curiosidad. Así comenzó la caza silenciosa de un rostro.
Ella había llegado al internado apenas un año antes, y yo, que llevaba muchos más en aquel claustro, conocía a casi todas las jóvenes de mi edad. Pero a ella no. Éramos niños entrando a la pubertad, esa etapa torpe y maravillosa donde las inquietudes por el amor nacen como hongos después de la lluvia. El amor, para mí, había llegado primero por los ojos inocentes del niño que fui: por la lectura. Lo había conocido en las páginas, en las palabras que se alzaban como pájaros hacia la poesía, en esa prosa literaria que tejía amores de ensueño. Era una forma nostálgica de enamorarse de la vida, del sentimiento mismo.
Pero un día, el amor tomó forma de mujer ante mis ojos.
Fue una tarde de invierno. La luz caía pálida y húmeda sobre los patios. La vi acurrucada en el suelo, dibujando estrellas con un dedo sobre el polvo que el viento, en su capricho, borraba en un instante. Era bella, blanca, con una fragilidad que no era debilidad sino otra forma de luz. Sus ojos, verdes y claros, parecían iluminar su presencia como dos faros pequeños en la penumbra. Con una ternura que no sabía que poseía, me incliné hacia ella y pregunté:
-¿Eres Vilma?
Ella alzó el rostro. Me miró con esos ojos llenos de vida, de ese fulgor que los libros nunca habían podido dibujar del todo, y dijo:
-Sí. ¿Y tú eres el gemelo?
-Sí -respondí, con una voz que apenas me pertenecía, tímida y nerviosa, al escucharla y verla tan de cerca. Después de haberla imaginado tanto, de haberla buscado en los corredores sin saberlo, allí estaba. Frente a mí. Real. Palpitante.
El momento fue mágico, inolvidable, de esos que la memoria engasta en oro para siempre. Desde entonces comenzó una historia de amor puro. No había prisa, no existía el morbo, ni siquiera el deseo carnal entendido como lo entienden los grandes. Sólo el anhelo de sentir, de vivir el instante, de habitar el amor como se habita un poema. Ella era Vilma. Y Vilma era el amor.
El mismo amor que antes había encontrado en los libros, en los versos que pintaban a la perfección el sentimiento sin haberlo vivido. Hubo besos -los primeros, torpes y eternos-, caricias de manos que temblaban, miradas que sin decir una palabra lo decían todo. Fue el amor de niños, puro y casto, que vivía soñando despierto.
La lectura, ya desde aquellos años, hizo palpitar en mí el amor de un verso nacido en los ojos. Allí, en la biblioteca de la poesía, comprendí que el verdadero amor no se aprende: se reconoce. Como se reconoce un libro que ya se había leído en otra vida.
aapayés

























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