sábado, 28 de marzo de 2026
La perversidad de seguir sufriendo
Relato XVII -Un aniversario bajo fuego
Y fue ese mismo año, septiembre de 1989, mes en que cumplía vueltas al sol, cuando la madrugada aún tejía sus sombras más profundas. A las dos, el Frente lanzó su asalto contra el penal. Una explosión sacudió los muros, como si la tierra misma hubiera despertado con rabia, y luego la balacera, un estallido de metralla y fuego que hilvanó el tiempo hasta las siete.
Entonces llegaron ellos: los hombres del Destacamento Militar número 2. El oficial al mando, enfurecido, con la piel ardiendo por las bajas, se acercó a nuestra celda. Su voz era un cuchillo oxidado:
-¿Quiénes son los guerrilleros?
Un guardia, sombra entre sombras, señaló hacia nosotros. Hacia Camaney -seudónimo que flotaba entre barrotes como un ave nocturna- y hacia mí.
El oficial se abalanzó contra la puerta. Insultos y amenazas de fusilamiento brotaban de su boca como serpientes. Golpeó las cadenas, mordió el candado con su furia, empuñando su M16 recortado, arma que brillaba bajo la luz turbia. Y nosotros, desde el fondo de la celda, le devolvíamos palabras afiladas:
-¿Por qué a nosotros, que ya estamos presos? ¿Por qué no buscan a los que vuelan libres? Cobardes.
Su cólera creció hasta romper el aire. Intentó golpearnos con el fusil, pero Camaney, extendiendo una mano fantasmal, agarró la punta del cañón. El militar retrocedió, asustado por aquel gesto desesperado. Subió los escalones que llevaban a la entrada de la celda, gritando que nos mataría, que nos fusilaría, y descargó su furia al cielo: un cartucho entero, balas que se perdieron en el alba como semillas de plomo.
A lo lejos, entre el humo y el polvo, vi al director del penal avanzar presuroso, llamado por el estruendo. Al llegar, el oficial le exigió la llave:
-Déjemelos sacar. Los fusilo ahora.
El director, con una calma de piedra, respondió:
-No, mi comandante. Si los mata aquí, usted y yo iremos a juicio. Mi responsabilidad es mantenerlos con vida. Si no quiere enfrentar a la ley…
El oficial, aún más encendido, cargó de nuevo su fusil. Una segunda ráfaga rasgó el silencio, disparos al aire que se clavaron en la memoria del muro.
Entonces, uno de los presos comunes, un hombre con los ojos de tormenta, se puso frente a nosotros. En su mano brillaba un cuchillo pequeño, diminuto y terrible.
-Si entra a matarlos -dijo-, tendrá que pasar sobre mi cadáver. Y sobre muchos más. Ellos están aquí tranquilos. Usted solo trae la muerte.
El director siguió discutiendo con el oficial, una danza de palabras y poder, mientras la celda se llenaba de susurros y miradas. Hasta que, cerca de las ocho y media, una llamada por radio atravesó la tensión: una orden de retirada. El oficial y su pelotón se fueron, pero su sombra permaneció.
Y así, en el transcurso de aquel mes de septiembre, todo el día, el ejército vigiló nuestros movimientos desde la distancia. No pasó nada más. Pero la tensión, el temor, la zozobra, se quedaron con nosotros, compañeros furtivos en mi cumpleaños, aquel día en que el tiempo sangró y las balas escribieron un relato que nunca se borraría.
En aquel instante de zozobra, cuando la tensión palpitaba en la oscuridad, sobrevino a mi mente la sombra de una posibilidad sombría: que el militar irrumpiera en la celda y nos arrastrara al fusilamiento. Por un suspiro eterno, creí respirar el aire frío de una muerte entre rejas, el final escrito en piedra de aquel encierro.
La noche había sido un calvario de estruendo. Las explosiones desgarraban el silencio a intervalos crueles, mientras los disparos tejían una red incesante de terror. En el sector militar, el fragor se elevaba a un clímax brutal. Entre aquellos muros húmedos, los compañeros habían abierto un boquete hacia la libertad, una grieta de esperanza en la piedra indómita. Ningún uniformado se atrevió a cruzar aquel umbral: era evidente que el frente avanzaba, decidido a liberar a los cautivos. Nosotros, presos políticos, permanecíamos lejos de la brecha, contemplando desde la penumbra el ansia de fuga que otros encarnaban.
Aquella noche no fue más que un presagio, un eco lejano de la tormenta que meses después se desataría con furia despiadada. ¨La ofensiva Militar hasta el Tope¨ del 11 de noviembre de 1989 llegaría como un huracán de fuego y dolor, y en su vorágine caerían, abatidos por la saña, el 16 de noviembre los sacerdotes jesuitas de la UCA, mártires de una tierra sedienta de paz
aapayés
viernes, 27 de marzo de 2026
El beso en el silencio anterior a la palabra
jueves, 26 de marzo de 2026
La ausencia de tu partida
miércoles, 25 de marzo de 2026
Me grita la ausencia
martes, 24 de marzo de 2026
En la imaginación circular del placer.
Relato XIV -El espejismo de ser libre
Tras días de ausencia, de existir solo como un rumor entre los muros, una mañana me extrajeron de las sombras y me arrojaron a una celda nueva. Una celda distinta: herida por la luz cruda. Los verdugos de siempre, con sus rostros tallados en la indiferencia, cumplían su ritual. Pero entre ellos emergía una figura distinta, ceñida en un uniforme militar, una estatua de autoridad y violencia. Fue él quien inició el aquelarre. Su primera pregunta, un cuchillo verbal:
-¿Por qué, en las manifestaciones, no cubrías tu rostro?
-Porque la Constitución me ampara -logré articular, con una voz que ya no me pertenecía-. Protestar no es delito.
No hubo más diálogo. Solo el súbito estallido de la bota en mi pecho, un golpe seco y matemático que me desprendió del suelo y me estampó contra la pared. El aire escapó de mis pulmones convertido en un gemido mudo. Entonces, su voz, cargada de un desprecio que era casi íntimo:
-Tienes razón, hijo de puta.
Otra patada, más profunda, más definitiva. El mundo se quebró y caí al suelo, ese universo de cemento frío. Allí continuó la ceremonia: golpes que eran preguntas, insultos que eran acusaciones. Sentí la suela militar oprimiendo mi rostro contra el piso, mezclando el sabor de la tierra con el de la sangre. Una furia metódica convertía mi cara en un campo de batalla. A gritos, exigía una confesión: si había participado en los atentados de semanas atrás en San Salvador.
Así transcurrió la mañana, un eterno presente martillado por la violencia.
De vuelta en la celda, el cuerpo era solo un conjunto de quejas. Días sin comer, sin dormir, sin agua que no fuera la del inodoro, un líquido amargo de humillación. Esa noche, nueva extracción. Me llevaron a otra estancia. Había un escritorio. Me sentaron en el centro, me quitaron la venda. El aire era denso por el metal de fusiles y pistolas apuntando a mis sienes. Frente a mí, un verdugo con el rostro cubierto y una cámara, su ojo de vidrio listo para capturar mi derrota. Me forzaron a firmar un papel en blanco, un pacto con la nada. Y en ese preciso instante de entrega, el fogonazo. La luz me atravesó, congelándome para siempre en un archivo anónimo.
Fue solo un momento. Luego, las sombras de nuevo.
Al día siguiente, me devolvieron mis ropas, trapos extraños que ya no me pertenecían. Por la tarde, después del mediodía, me sacaron sin explicación, sin destino. Me subieron a una camioneta pickup, y solo cuando rodábamos por la Avenida Juan Pablo II me quitaron la venda. El mundo exterior era un espectáculo desgarrador. Nos dirigíamos a los juzgados.
Me bajaron del vehículo, un náufrago en un mar de formalidad burocrática. Entré a la sala del Sexto Juzgado de lo Penal. Allí, entre murmullos y papeles, me enteré de la acusación: dos atentados contra Gabriel Ordoñes y Edgar Zeledon. Mi cuerpo era un testimonio de sed, debilidad y vértigo. Negué todo, con la poca voz que me quedaba. Supliqué ver a un médico antes de declarar, que alguien certificara las huellas de las cárceles clandestinas de la Policía de Hacienda.
No hubo compasión. Me trasladaron al penal de Mariona.
Y entonces, al cruzar el portón de la prisión, sucedió algo absurdo: sentí un aire de libertad. Fue una sensación puramente psicológica, un espejismo del alma. Tras la desaparición y los calabozos sin nombre de los escuadrones de la muerte, aquel penal, con su cielo abierto y su luz de sol, parecía un espacio de una amplitud desconcertante.
Pero el espejismo se disolvió con los días. La conciencia se asentó, pesada y fría: estaba preso. Comencé a sentir el peso psicológico de la prisión, esa pasión lenta y gris. En la celda donde me confinaron, encontré a otros presos políticos, entre ellos el hermano de Monseñor Rosa Chávez, hoy cardenal. Mariona era solo una estación de tránsito, un lugar donde respirar un instante antes de la dispersión. A mediados de agosto de 1989, en la quietud de la madrugada, vinieron por mí de nuevo. Me sacaron y me llevaron al penal de Sensuntepeque, en el departamento de Cabañas.
Pero esa historia…
aapayés
lunes, 23 de marzo de 2026
Susurrando versos
domingo, 22 de marzo de 2026
Me azota el clamor de tu vacío
sábado, 21 de marzo de 2026
En la piel infinita de tu noche.
viernes, 20 de marzo de 2026
En los renglones más secretos de tu cuerpo
jueves, 19 de marzo de 2026
En el umbral del horizonte
miércoles, 18 de marzo de 2026
Pervertido amor de lo prohibido
martes, 17 de marzo de 2026
Cuando tu nombre es la ausencia
lunes, 16 de marzo de 2026
Junto al idioma de tu cuerpo
domingo, 15 de marzo de 2026
En el infierno de los teoremas
sábado, 14 de marzo de 2026
Éxtasis literario suspendido
viernes, 13 de marzo de 2026
Liturgia espiritual del demonio
Relato XIII -La grieta entre la vida y el silencio
Al arribar a la celda, exhausto, consumido, vacío de toda fuerza, me arrojaron al suelo. Tras unos minutos, regresaban para levantarme a golpes, restaurándome a la postura inicial: de pie, en medio de la oscura, gélida y tenebrosa celda de la muerte. Sin alimento, sin agua, sin nada que no fuera el látigo de la tortura física y el yugo de la psicológica. Tembloroso, débil, aguardando el momento en que volverían por mí. Así transcurría el ritual macabro.
Al amanecer, desde la lejanía, se filtraban los cantos castrenses, arengas fúnebres que los militares entonaban en su ejercicio matutino. Así pasaba el día.
La noche se anunciaba solo porque, a la hora más profunda de la sombra, llegaban a la celda a buscarme. Y así, una y otra vez, en los días que me tuvieron desaparecido.
La segunda noche repitió el mismo ceremonial: golpes, amenazas, insultos, preguntas, y más golpes. Pero esta vez, todo se transformó; el ritmo de su ritual asesino cambió por completo.
Me sentaron en una silla fría, erizada de alambres en brazos y pies. Sentí cómo el verdugo aplicaba una pieza de metal sobre mis órganos genitales y, de pronto, un estallido sacudió mi cuerpo, un temblor eléctrico que me recorrió entero, acompañado de gritos insoportables, desgarrados. La corriente se repetía, una y otra vez, hasta el agotamiento, hasta que los alaridos se confundían con el silencio de la impotencia. Ya no podía articular palabra, solo el grito primario, el clamor del dolor y la muerte.
Exánime, inconsciente, me arrastraron de vuelta a la celda. Y así, sin fuerzas para erguirme, solo a golpes, solo por la violencia de sus manos, me volvían a poner en pie, en el centro de aquel cubículo desolado.
Fue en la penumbra del tercer día cuando se me ocurrió beber agua del inodoro. Avancé lentamente hasta él y, con las manos atadas a la espalda, logré echar agua una y otra vez con movimientos torpes. Después, me agaché frente a la taza, me incliné lo más que pude y sumergí el rostro en aquel círculo de porcelana. Bebí. Un hedor insoportable a orín y excremento invadió mi paladar, pero era la única fuente, el único manantial posible. Desde entonces, cada vez que la sed me ahogaba, repetía aquel acto de supervivencia visceral.
Durante todo el tiempo que permanecí en aquellas cárceles clandestinas, nunca me dieron de comer ni de beber.
Al cuarto día, después de la sucesión interminable de tormentos, volvieron. Esta vez, tras colocarme la capucha, la falta de oxígeno sofocó mi aliento hasta apagarlo. Perdí la conciencia y ya no sentí nada más: solo el descanso, solo el silencio.
Había muerto… hasta que me reanimaron. Volví en sí a continuar la pesadilla.
aapayés
jueves, 12 de marzo de 2026
La felicidad es un frasco diminuto
miércoles, 11 de marzo de 2026
Cabalgar la marea que nos une
martes, 10 de marzo de 2026
En el amanecer del destino
lunes, 9 de marzo de 2026
En el círculo de ceniza del placer
domingo, 8 de marzo de 2026
La última epifanía
sábado, 7 de marzo de 2026
La locura
viernes, 6 de marzo de 2026
Lámpara de sonrisa perpetua
jueves, 5 de marzo de 2026
Recibí tu ausencia vestida de papel
miércoles, 4 de marzo de 2026
Tu presencia abrumadora de versos
martes, 3 de marzo de 2026
En el pensamiento literario.
lunes, 2 de marzo de 2026
Letanía de la Locura
Relato XII -Como en un sueño lejano
Tras el ocaso, cuando el último suspiro del día cedió su trono al imperio de las sombras, vinieron a sacarme de la celda. El chirrido de la puerta fue un gemido metálico que despertó al miedo dormido en mis entrañas. Me tomaron de los brazos, ya prisioneros tras la espalda, y a empellones me guiaron hacia otro calabozo. Todo era frío, un frío que ascendía de las piedras y se enrollaba en los tobillos. Y yo, con los ojos vendados, avanzaba a tientas hacia lo inminente.
Me situaron en el centro. A mi alrededor se alzaron cinco o seis siluetas, figuras sombrías recortadas contra la penumbra. Mi corazón era un pájaro enloquecido batiendo contra las costillas; los nervios, un latido de hielo recorriendo las venas. Y comenzó la danza lenta y brutal: puños que caían como piedras sobre el arco del torso, sobre el castillo de las costillas, cada impacto coronado por una pregunta a gritos, por un insulto que se rompía en el aire:
-¿Dónde están las armas?
-¿Dónde viven los otros?
Yo, en el centro, un axis mundi de dolor y de sombra.
Llevaba sólo un short militar verde olivo,y las esposas mordían con dientes de acero las muñecas. El torso desnudo era un mapa de golpes por trazar. El frío calaba los huesos, pero la incertidumbre -afilada como un estilete- traspasaba algo más hondo. Con los ojos vendados, ya habitaba la oscuridad anticipada, el país ciego de lo que vendría.
Tras un tiempo sin medida, me arrojaron al suelo. Era un frío mineral, el mismo que desciende de las cumbres nortinas en las noches de invierno. Uno sujetó mis pies con manos de raíz; otro se colocó entre mis piernas; un tercero se sentó sobre la espalda, un peso de losa que me anclaba al mundo. Y entonces, con la frialdad ceremoniosa de quien realiza un rito, comenzó a colocar la capucha: un plástico impermeable que, con suavidad funesta, ajustó sobre la cabeza hasta ceñir el cuello. Entonces comenzó el ahogo.
El aire se volvió de cristal roto. Lo poco que guardaban los pulmones se esfumó sin dejar huella. Intenté inhalar y sólo aspiré el fantasma viciado de lo recién exhalado. El verdugo apretó con más fuerza, y con una mano oprimió la nariz para expulsar de aquel sello plástico el último vestigio de aliento. Volví a intentarlo. Y otra vez. Y otra. Hasta que los pulmones quedaron vacíos, ardientes, dos fraguas apagadas en la noche del cuerpo.
Cuando ya no quedaba nada, el verdugo retiraba la capucha un instante. La boca se abría entonces, flor desesperada buscando un mísero polen de oxígeno, y él volvía a colocarla con saña renovada. Ese soplo mínimo, esa limosna de vida, apenas daba para un segundo de tregua… antes de que todo recomenzara. Presión en la nariz, plástico ajustado, pulmones vaciándose una y otra vez, hasta que el cuerpo claudicaba, exhausto, sin fuerza ni siquiera para desear seguir viviendo.
Una y otra vez. Noche tras noche. Hasta que una noche no pude más y me quedé muerto. Inocente. Sólo recuerdo que sentí escapar de los pulmones una última burbuja de oxígeno, una perla de vida que se rompió en la nada. Y me hundí.
Como en un sueño lejano, sentí cómo algo se apagaba en el centro del pecho, cómo el cuerpo se despedía de todo lo vivido. La orina brotó entonces, río desobediente de un territorio ya sin ley, sin memoria.
Ya no supe nada más.
No sé cuánto duró ese limbo. Sólo recuerdo el despertar brusco, el cuerpo arqueándose y saltando como un pez en la orilla. Había resucitado. Fue un regreso atroz, un dolor antiguo y nuevo: la violencia de volver a la vida cuando ya se había rozado la paz de la nada.
Poco después, la voz de un verdugo, cercana y burlona, atravesó la niebla:
-Viste que casi se nos queda este hijo de puta.
Sentí luego el chorro brutal del ventilador en el rostro, y el impacto de un balde de agua fría sobre la piel, aún fría de la muerte y ya temblorosa de vuelta a la vida.
Y a la noche siguiente, volvió el mismo ritual. Pero esa vez, con choques eléctricos. Esa, sin embargo, ya es otra historia que contaré pronto.
aapayés




























.jpg)










