sábado, 18 de julio de 2026
Su presencia habita en tus gestos
viernes, 17 de julio de 2026
Cruel sentimiento inmaculado
jueves, 16 de julio de 2026
La razón
miércoles, 15 de julio de 2026
El idioma de tu ausencia
martes, 14 de julio de 2026
Escribo
lunes, 13 de julio de 2026
En el olvido de las dificultades
Relato XXIV - Las tijeras
Aquel día de verano comenzó como tantos otros, pero pronto se tiñó de una humillación que me quemaba la piel por dentro. Sor Aura Marina me condujo con severidad silenciosa hasta su oficina, un cubículo austero que olía a cera y a tiza. Allí, bajo la luz pálida de una bombilla, su voz gélida me reprendió. Cada palabra era un alfiler que clavaba en mí la conciencia de mi falta, y el castigo que siguió -inevitable, público- hizo que el rostro me ardiera de vergüenza. Al salir, mis pasos resonaron en el pasillo vacío como latidos de culpa.
Entonces, una rabia ciega, hirviente, se apoderó de mí. Tras caminar apenas tres metros, me detuve. Me quité un zapato con manos temblorosas, volví la cabeza hacia la puerta que acababa de cruzar y, con un gesto brusco de desafío, lo lancé contra aquel símbolo de autoridad. Pero Sor Aura, ajena al proyectil infantil, cerró la puerta en el instante preciso. El zapato golpeó la madera con un golpe sordo, seco, que quebró el silencio del corredor. La puerta se abrió de inmediato. Sus ojos, antes serenos, se abrieron con asombro y luego se nublaron de indignación. Sin mediar palabra, se acercó, me tomó de la oreja con mano firme y, tras unos correazos que sentí más en el alma que en la piel, me arrastró directamente a la peluquería del internado.
Allí, ante el peluquero impasible, ordenó que me raparan. Las tijeras crujieron cerca de mis oídos, y me vi transformado en la burla que todos conocerían como el “pato bravo”: casi todo al rape, salvo un mechón absurdo y rebelde en la frente. Al verme en el espejo, sentí que me despojaban no solo del cabello, sino de la dignidad. La humillación era un peso frío en el pecho. Huyendo de las miradas, corrí a esconderme a la finca, entre el musgo y la sombra de los árboles, y allí, solo, dejé que el llanto ahogado rompiera en silencio.
No sé cómo Txanba, mi hermano gemelo, supo encontrarme. Pero llegó, como si un hilo invisible lo guiara hasta mi refugio. Se acercó sin prisa, vio mi rostro marcado por las lágrimas y el cabello mutilado. No hizo preguntas. Solo posó su mano en mi hombro y, con una calma que calmó mi tormenta, me dijo: “Ven”.
Me llevó de vuelta a la peluquería. Frente al mismo barbero, con una serenidad que cortaba el aire, pidió: “Córteme a mí igual el cabello”. Y ante mis ojos incrédulos, las tijeras volvieron a sonar, esta vez sobre su cabeza, dejando en su frente el mismo mechón ridículo, el mismo “pato bravo”. Al terminar, se levantó, nos miramos en el espejo y, de pronto, ya no éramos uno humillado y el otro intacto. Éramos dos. Éramos iguales.
La vergüenza, que me había oprimido como una losa, se quebró y se desvaneció. La humillación dejó de ser solo mía para ser compartida, y al compartirla, se transformó en algo distinto: en compañía, en lealtad silenciosa. La carga se hizo ligera porque ya no la llevaba solo.
Aún hoy, años después, me pregunto cómo supo mi hermano que aquel gesto, simple y radical, bastaría para sanar la herida. No hubo razones, ni palabras, ni lógica que lo explicara. Solo el conocimiento profundo, antiguo y callado, de quien ha compartido desde el principio el mismo latido. Cosas de gemelos, ciertamente. Esos hilos invisibles que tejen, entre dos almas, un refugio contra el mundo.
aapayés
domingo, 12 de julio de 2026
En las tardes que nunca terminan
sábado, 11 de julio de 2026
Bebo el cáliz tibio de tu cuerpo
viernes, 10 de julio de 2026
En los versos de tu cuerpo
jueves, 9 de julio de 2026
El cielo no está arriba
miércoles, 8 de julio de 2026
Tu nombre me sabe a silencio
martes, 7 de julio de 2026
Sueño de tinta y niebla
lunes, 6 de julio de 2026
En el bolsillo izquierdo del silencio
domingo, 5 de julio de 2026
Tendido entre el cielo y el infierno
sábado, 4 de julio de 2026
Fueron tantas las palabras
Relato -La coordinación en la UCA. La espera
La Espera
A mediados de los ochenta, en El Salvador
Ser estudiante en la Universidad Nacional en aquellos años era llevar una segunda piel, invisible pero tangible, que te marcaba desde el momento en que cruzabas el portón. La UES no era solo un centro de estudios; era un territorio en disputa, una trinchera de concreto y pupitres donde cada clase, cada asamblea, cada reunión de coordinación podía ser la última.
Esa mañana, el sol de las doce caía implacable sobre las gradas cuando el compañero me abordó con la urgencia en los ojos.
-Te estábamos esperando. Necesitamos que vayas a una coordinación a la UCA.
Sin preguntas. Sin titubeos. En la revolución, las preguntas son lujos que no te puedes permitir. La reunión era a las dos de la tarde y el tiempo se nos escurría entre los dedos como agua de lluvia en tierra reseca.
Llegamos puntuales, como dictaba el código no escrito que todos llevábamos tatuado en la conciencia: la disciplina revolucionaria. La mística nos exigía esperar de cinco; si el contacto no aparecía, había que retirarse. No quedarse de más era tan importante como llegar a tiempo.
Yo me coloqué a unos metros del compañero que debía hacer el encuentro. Mi función era observar, ser sus ojos cuando los suyos estuvieran fijos en el punto de cita. La UCA bullía con el vaivén de estudiantes que iban y venían, ajenos a la tensión que se respiraba en el aire como electricidad antes de la tormenta.
Y entonces los vi.
Dos hombres que no encajaban. La ropa civil no les quedaba como a los demás; la llevaban puesta como un disfraz mal ajustado. Las miradas no vagaban distraídas por los pasillos, sino que barrenaban el espacio, buscando, calculando. Las armas las llevaban tan bien escondidas que solo un ojo entrenado podía percibirlas -el bulto apenas perceptible bajo la chaqueta, el peso que desbalanceaba su postura, la mano que no se alejaba demasiado de la cintura-.
Hay que estar "ojo al Cristo", pensé, mirando y viendo todo sin que te vean.
Me acerqué al compañero, el aliento contenido.
-Retirémonos -dije, con la voz justa para que solo él escuchara.
Y comenzamos la danza de la evasión: él cinco metros adelante, yo detrás, la distancia calculada para no parecer juntos pero para estar cerca si ocurría lo peor. Los pasos medidos, los movimientos pausados, la respiración controlada. La normalidad como el mejor de los camuflajes.
Cruzamos la cancha de fútbol. El sol reverberaba en el cemento caliente mientras nos dirigíamos hacia la bajada que llevaba al portón. Fue entonces cuando el pick-up apareció, deslizándose con una lentitud deliberada que no engañaba a nadie. Doble cabina, vidrios polarizados que ocultaban lo que había adentro. Pero la realidad siempre se filtra por las rendijas: alcancé a ver siluetas, bultos que se movían, hombres que no querían ser vistos pero que estaban allí.
-Creo que nos cayeron -susurré, sintiendo el frío del reconocimiento en la espalda-. El pick-up nos está siguiendo.
No aceleraba, no se detenía. Solo nos seguía, como una sombra que sabe que su presa ya no puede escapar.
Llegamos a la parada de autobuses, en la esquina de la entrada, y nos fundimos entre los pocos que esperaban. En ese instante, el pick-up dio la vuelta, se detuvo como dudando, y entonces los hombres bajaron. No eran dos. Eran más. Los que venían dentro se sumaron a los que ya estaban afuera, y supe que el cerco se estaba cerrando.
-Nos cayeron -le dije al compañero, la voz apenas un hilo-. Ponte las pilas, aquí no tenemos para dónde ir.
El pánico es un lujo que no te puedes permitir. Hay que transformarlo en acción, en decisión, en movimiento. Cuando el autobús apareció, no miramos el número. Solo nos lanzamos. Fue la 44, aunque podría haber sido cualquier otro. Lo importante era subir, avanzar, no quedarse.
Los tipos ya venían hacia nosotros cuando el bus arrancó. Las puertas se cerraron y sentimos el tirón de la aceleración, el rugido del motor que nos alejaba. Por la ventana trasera, vi cómo el pick-up se preparaba para perseguirnos, pero en ese mismo instante, otro autobús -un 42- se interpuso, cubriendo nuestra huida.
La 44 tomó el desvío hacia el estadio Flor Blanca, y desde la ventanilla vi cómo el pick-up, confundido, se lanzaba tras la 42, persiguiendo un fantasma que no era nosotros. La curva nos separó. El destino, el azar, la suerte de los que viven para contarlo.
Cuando el peligro quedó atrás, el miedo llegó. Llegó como una ola que te cubre cuando ya estás a salvo, y te das cuenta de que has estado conteniendo la respiración todo este tiempo. El compañero y yo nos miramos. No hacía falta decir nada.
Ese día, la coordinación nunca se realizó. El compañero que esperábamos no apareció. Tal vez lo detuvieron, tal vez tuvo peor suerte que nosotros. No lo supimos entonces ni lo sabríamos después.
Pero yo, ese día, aprendí que la muerte puede tener el rostro de un pick-up con vidrios polarizados, y que la vida a veces se decide por un autobús que llega a tiempo y otro que se cruza en el camino equivocado.
Sobrevivimos.
Y en los años que vinieron, cada vez que veía un pick-up, cada vez que un vehículo se demoraba demasiado en una esquina, cada vez que una mirada no encajaba, recordaba esa tarde en la UCA. Recordaba que el compromiso revolucionario no siempre es heroico; a veces, es simplemente esperar el autobús correcto y tener la lucidez de subir al que llega primero.
Esa fue nuestra victoria. Pequeña, silenciosa, invisible. Como la mayoría de las victorias que ocurren en las trincheras que nadie ve, en las batallas que nunca se escriben en los libros de historia.
Pero nosotros estábamos ahí. Y vivimos para contarlo.
aapayés
viernes, 3 de julio de 2026
Entre la ausencia y el silencio
jueves, 2 de julio de 2026
Soy un verso que se apaga
miércoles, 1 de julio de 2026
Habitar la casa del silencio
martes, 30 de junio de 2026
Anticipo tu nombre con la lengua






































