Tras el ocaso, cuando el último suspiro del día cedió su trono al imperio de las sombras, vinieron a sacarme de la celda. El chirrido de la puerta fue un gemido metálico que despertó al miedo dormido en mis entrañas. Me tomaron de los brazos, ya prisioneros tras la espalda, y a empellones me guiaron hacia otro calabozo. Todo era frío, un frío que ascendía de las piedras y se enrollaba en los tobillos. Y yo, con los ojos vendados, avanzaba a tientas hacia lo inminente.
Me situaron en el centro. A mi alrededor se alzaron cinco o seis siluetas, figuras sombrías recortadas contra la penumbra. Mi corazón era un pájaro enloquecido batiendo contra las costillas; los nervios, un latido de hielo recorriendo las venas. Y comenzó la danza lenta y brutal: puños que caían como piedras sobre el arco del torso, sobre el castillo de las costillas, cada impacto coronado por una pregunta a gritos, por un insulto que se rompía en el aire:
-¿Dónde están las armas?
-¿Dónde viven los otros?
Yo, en el centro, un axis mundi de dolor y de sombra.
Llevaba sólo un short militar verde olivo,y las esposas mordían con dientes de acero las muñecas. El torso desnudo era un mapa de golpes por trazar. El frío calaba los huesos, pero la incertidumbre -afilada como un estilete- traspasaba algo más hondo. Con los ojos vendados, ya habitaba la oscuridad anticipada, el país ciego de lo que vendría.
Tras un tiempo sin medida, me arrojaron al suelo. Era un frío mineral, el mismo que desciende de las cumbres nortinas en las noches de invierno. Uno sujetó mis pies con manos de raíz; otro se colocó entre mis piernas; un tercero se sentó sobre la espalda, un peso de losa que me anclaba al mundo. Y entonces, con la frialdad ceremoniosa de quien realiza un rito, comenzó a colocar la capucha: un plástico impermeable que, con suavidad funesta, ajustó sobre la cabeza hasta ceñir el cuello. Entonces comenzó el ahogo.
El aire se volvió de cristal roto. Lo poco que guardaban los pulmones se esfumó sin dejar huella. Intenté inhalar y sólo aspiré el fantasma viciado de lo recién exhalado. El verdugo apretó con más fuerza, y con una mano oprimió la nariz para expulsar de aquel sello plástico el último vestigio de aliento. Volví a intentarlo. Y otra vez. Y otra. Hasta que los pulmones quedaron vacíos, ardientes, dos fraguas apagadas en la noche del cuerpo.
Cuando ya no quedaba nada, el verdugo retiraba la capucha un instante. La boca se abría entonces, flor desesperada buscando un mísero polen de oxígeno, y él volvía a colocarla con saña renovada. Ese soplo mínimo, esa limosna de vida, apenas daba para un segundo de tregua… antes de que todo recomenzara. Presión en la nariz, plástico ajustado, pulmones vaciándose una y otra vez, hasta que el cuerpo claudicaba, exhausto, sin fuerza ni siquiera para desear seguir viviendo.
Una y otra vez. Noche tras noche. Hasta que una noche no pude más y me quedé muerto. Inocente. Sólo recuerdo que sentí escapar de los pulmones una última burbuja de oxígeno, una perla de vida que se rompió en la nada. Y me hundí.
Como en un sueño lejano, sentí cómo algo se apagaba en el centro del pecho, cómo el cuerpo se despedía de todo lo vivido. La orina brotó entonces, río desobediente de un territorio ya sin ley, sin memoria.
Ya no supe nada más.
No sé cuánto duró ese limbo. Sólo recuerdo el despertar brusco, el cuerpo arqueándose y saltando como un pez en la orilla. Había resucitado. Fue un regreso atroz, un dolor antiguo y nuevo: la violencia de volver a la vida cuando ya se había rozado la paz de la nada.
Poco después, la voz de un verdugo, cercana y burlona, atravesó la niebla:
-Viste que casi se nos queda este hijo de puta.
Sentí luego el chorro brutal del ventilador en el rostro, y el impacto de un balde de agua fría sobre la piel, aún fría de la muerte y ya temblorosa de vuelta a la vida.
Y a la noche siguiente, volvió el mismo ritual. Pero esa vez, con choques eléctricos. Esa, sin embargo, ya es otra historia que contaré pronto.
aapayés






































