lunes, 29 de junio de 2026
Escribir no es habitar el poema
domingo, 28 de junio de 2026
Amando lo que apenas se presiente
sábado, 27 de junio de 2026
En los brazos de tu presencia
viernes, 26 de junio de 2026
Un fragmento de luz sin origen
jueves, 25 de junio de 2026
Soy el verso borroso de tus labios
miércoles, 24 de junio de 2026
Un verso que se ahoga en el exilio
martes, 23 de junio de 2026
En la entrega líquida de tus orgasmos
lunes, 22 de junio de 2026
El silencio lo sabe todo pero no dice nada
domingo, 21 de junio de 2026
Estoy ahí
sábado, 20 de junio de 2026
Nuestro destino será la palabra
viernes, 19 de junio de 2026
Tu silueta de niebla y fuego
jueves, 18 de junio de 2026
Un maniquí imaginario
miércoles, 17 de junio de 2026
El idioma de tu carne
martes, 16 de junio de 2026
El verso desnudo de mi sexo
lunes, 15 de junio de 2026
La soledad que reposa a mi lado
domingo, 14 de junio de 2026
A orillas del mar de caricias
sábado, 13 de junio de 2026
Quiero
Breve relato de un sueño
Era un hombre, o eso creía. Tenía un sueño: someterse a una operación que le remediara ese mal profundo que llevaba en el alma, como una bestia enquistada. El doctor, hombre de manos firmes y palabras medidas, le dijo: “Si se arriesga, lo opero”. Y así lo hicieron, con la prisa de quien sabe que el tiempo es un hilo que se desgasta. La operación fue delicada, un abrir y cerrar de carnes temblorosas, pero al fin los cirujanos alzaron la vista, y hubo un eco de aplausos contenidos. El paciente sobrevivió.
Sobrevivió, y para paladear la vida -esa imagen recién recuperada- se fue al cine. Caminó largas cuadras con pasos de resucitado, compró una entrada, se hundió en la butaca. Allí encontró a ella. Hablaron de la operación, del riesgo, de la dicha de estar allí, vivos, a oscuras frente a una pantalla. Y de pronto, como si la ficción se derramara de la pantalla al pasillo, apareció un médico. No el cirujano principal, sino su auxiliar, el que pasa las pinzas y contiene la hemorragia con manos que nadie recuerda. Este hombre, de mirada líquida, les contó que la operación había sido difícil, pero que conocía las capacidades del doctor, y que todo, al fin, había sido un éxito.
Entonces la amiga, tocando el hombro del médico, le dijo: “Él es el operado”. Y el médico, incrédulo, negó con la cabeza: “No, no creo que sea usted”. Pero el paciente, con una calma que le sorprendió, se levantó la camisa y mostró la cicatriz: un surco reciente, rojo y violeta, como una boca cosida. El doctor la miró, lo reconoció, y asintió: “Sí, es usted”.
Terminaron de ver la película -no recordaba ni el título- y salieron. En la calle, el aire olía a asfalto y a jazmines falsos. Caminaban juntos cuando aparecieron dos muchachas en una moto. Parientes, dijo el paciente. Y la amiga preguntó: “¿Son tus hijas?”. “Sí”, respondió él, “son mis hijas”. Las muchachas saludaron con la mano y partieron, pero la moto no hacía ruido. Al alejarse, la amiga levantó los ojos y vio que las dos iban suspendidas en el aire, sin vehículo, sin tierra, como dos figuras recortadas contra el cielo. “Pero si no tienen moto”, murmuró. El paciente volvió a mirar, y esta vez vio lo que siempre había estado allí: el vacío bajo los pies de sus hijas, la ausencia de motor, la levedad de lo irreal.
Algo se rompió entonces. El suelo comenzó a temblar bajo sus pies, pero no era un temblor: era el mundo deshaciéndose como un mal sueño. Volvió al hospital sin moverse, o quizás nunca se había ido. Vio la escena de la operación: los médicos aplaudiendo, las enfermeras con los ojos húmedos, el cirujano recibiendo una ovación. Todo era éxito, luz, palmadas en la espalda. Pero él siguió caminando -ya no con pies, sino con algo más frágil- y entonces vio la otra escena, la verdadera, la que ocurría detrás del telón de los aplausos.
El paciente yacía muerto en la mesa. No había sobrevivido. Todo había sido un sueño: el cine, la amiga, la cicatriz, la moto inexistente, el médico auxiliar, los jazmines, las hijas flotando en el aire. Todo había sido el último latido de una conciencia que se negaba a apagarse. Y en ese instante supo que no era real, era un sueño. Había tenido un sueño de esperanza, por un momento, él seguía viviendo, sin saber que todo era un sueño.
aapayés
viernes, 12 de junio de 2026
En la oscuridad de tus caderas
jueves, 11 de junio de 2026
El contorno de un amor que nadie recuerda
miércoles, 10 de junio de 2026
La mirada cómplice del amor
martes, 9 de junio de 2026
La pesadilla es un murmullo que agita emociones
lunes, 8 de junio de 2026
El ocaso de pronunciar tu nombre
domingo, 7 de junio de 2026
Hay una poema de amor para escribir
sábado, 6 de junio de 2026
Conversando con el alma de pintor
viernes, 5 de junio de 2026
Sé mi poesía esta noche
jueves, 4 de junio de 2026
Pienso con la saliva del verso
miércoles, 3 de junio de 2026
Que la despedida sea un beso sin prisa
Relato XXII - La autodeterminación de ser fuerte
Regía la ley del más fuerte. Los mayores imponían su dominio, y los más pequeños vivían a merced de ellos. Nosotros, en cambio, contábamos con una frágil armadura: la protección de nuestros hermanos mayores, quienes nos defendían en los momentos de apuro.
Un día, mi hermano Manuel nos llamó a Txanba y a mí frente a la escuela. Era un lugar abierto, un mirador desde donde se abarcaba toda la geografía del hogar: el sector de las niñas, el comedor, el dormitorio femenino. A la vista estaban también la lavandería, la oficina de la monja encargada, la sala de música y, más al lado, el parque de la sala cuna, cercado con su malla ciclón. Se alzaba el pabellón de la enfermería, con su propio dormitorio y comedor. Los pinos y los zapotes mecían su sombra en un vaivén lento, y en el centro, el asta donde debía izarse una bandera que casi nunca subía, salvo cuando nosotros, en competencia feroz, trepábamos para ver quién llegaba más alto. Unos metros más abajo, el portón principal se abría ocasionalmente al mundo exterior: camiones, autobuses, visitas esporádicas.
Allí, sentados en ese lugar de aparente paz, Meme nos habló con una calma que nos heló:
-Quiero decirles que, de ahora en adelante, ya no los defenderé. No intervendré en los problemas que tengan, ni en los que puedan crear.
Txanba y yo intercambiamos una mirada silenciosa. No hubo más palabras, pero el peso de su declaración cayó sobre nosotros como una losa. El aire se llenó de un silencio espeso, cargado de inquietud.
Esa misma tarde, ya entrada la noche, durante el tiempo de juegos -fútbol, “cuilio y se largo”, “pecados”-, la nueva realidad se materializó. En una discusión con Richard, “el Pesetudo”, “el Chelé”, como le llamábamos, las palabras se agotaron y dieron paso a los golpes. Patadas, forcejeos, un combate rudo y sin testigos adultos.
Así comenzó mi autodeterminación. Aquella pelea fue el rito de paso: ya no dependía de Manuel. A partir de entonces, me defendería solo.
Desde ese día supe, con una certeza amarga y liberadora, que no permitiría que nadie volviera a golpearme, insultarme o humillarme en el Hogar del Niño.
aapayés





















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