Soy el Cristo Crucificado,
la palabra que nunca fue dicha
porque el pensamiento es un gusano
que ya no encuentra hueso
-el hueso se fue a pasear
con su propio cadáver-.
Liturgia de moscas que rezan
en el balcón donde la demagogia
se desangra por los dientes
y los dientes son campanas
que doblan por nadie,
en el tobogán de la discordia
que nunca termina
-siempre caes, siempre caes,
y el suelo es otro cielo-,
en el purgatorio de la sabiduría
que al abrirse
corta,
y al cerrarse
nace un pájaro ciego.
Misterio es pensarme:
el día se pudre en su propia luz
y la luz se come la sombra
que la sombra ya ha comido,
la noche es un ojo que no parpadea
porque parpadear sería olvidar,
y del cielo y la tierra
-que son la misma tela rasgada-
el amor es un cuello roto
que aún intenta sentir
con los dedos de los pies,
con las uñas del viento.
El alba no madruga:
despierta con garras,
con garras de caracol,
con la lentitud del rayo,
y cuando abro la esperanza
-hueca,
podrida,
con un agujero que respira-
solo sale el viento
que ya sabía,
y el viento sabe cosas
que los árboles olvidaron
cuando aprendieron a caminar.
Soy el Cristo Crucificado
que no se siente,
que no se nombra
porque nombrarlo es encenderlo,
y encenderlo es apagar el fuego.
Esqueleto torcido
que camina no hacia afuera
sino hacia el fondo del ombligo,
ese pozo sin fondo
-el fondo es una trampa,
el fondo es un espejo
que refleja otro espejo-
donde el sentimiento
ya no es sentimiento:
es un latido que se ahoga
en su propio eco,
y el eco es un laberinto
que se dobla
hasta ser su propia llave.
Y no grito:
mi garganta es un tubo vacío
por donde el silencio baja y sube
como un ascensor sin puertas.
No siento:
lo que toco se deshace como carne podrida
y la carne es un idioma
que ya nadie traduce.
No pienso:
mi cráneo es una jaula
y el pájaro ya no está,
solo las plumas negras
pegadas al hueso,
y el hueso es una flauta
que toca el viento
que yo mismo no respiro.
Y ya no escribo:
las palabras me muerden,
me escupen,
me arrastran al revés,
y al querer nombrarte
solo sale este sonido
que no es nombre
ni es nada,
sino el ruido de una puerta
que se abre hacia ninguna parte.
Solo en mi moribundo mundo
de vivir
-vivir es ese gesto
que ya nadie recuerda,
ese gesto que la mano
hizo antes de ser mano-,
la parábola de la muerte
con las manos vacías y abiertas,
no al destino:
al abismo que el destino oculta,
y el abismo es un ojo
que mira hacia dentro,
no al destierro:
al rostro sin facciones del destierro,
ese rostro que es todos los rostros
y ninguno,
no al olvido:
al agujero donde el olvido
se come a sí mismo
y al comerse
se multiplica.
Ya no vivo por ti,
ni por mí:
no hay nadie.
Solo esta cosa que se arrastra,
este bulto que respira
como un pulmón fuera del pecho,
como una nube que olvidó su lluvia.
Divago
como el humo que no asciende
sino que baja,
que no se disipa
sino que se espesa
hasta ser piedra,
hasta ser llanto,
hasta ser el humo
que el humo sueña.
Al ritmo de un sol
que no alumbra:
arde,
y no calienta,
solo quema,
solo sigue quemando,
y no se apaga,
y al quemarse
se vuelve noche,
y al volverse noche
se recuerda
que nunca fue sol.
Y la cruz, un argumento olvidado
en los archivos de lo que fue
-lo que fue nunca fue,
lo que será ya pasó-.
El Cristo Crucificado
no cuelga:
flota,
y al flotar
se hunde,
y al hundirse
asciende,
y en ese ascenso
no hay redención:
solo el vértigo
de ser
lo que nunca
dejó
de ser.
aapayés








































