La justicia, cuando te encuentras preso,
nunca la miras con los mismos ojos que cuando cruzas libre las calles.
Lo aprendí no en los libros ni en los discursos, sino en la herida viva
de una experiencia que me partió todos los esquemas, como un rayo que
quiebra el árbol por medio.
En el
penal de Sensunte -ese lugar donde el tiempo se vuelve piedra-conocí a
un hombre. Era campesino, de esos que la tierra reclama como suyos y que
la ciudad olvida como sombras. Indígena. Analfabeto. Su mirada tenía la
calma honda de los que ya han visto demasiado, y sin embargo
conservaban intacta la dulzura de quien no sabe odiar.
Me
acerqué a él, conversamos. Su voz era pausada, como el paso del buey
bajo el sol. Le pregunté por su causa, por esos papeles que los jueces
llaman "expediente" y que para él no eran más que jeroglíficos
incomprensibles.
-Estoy preso -me dijo, sin rencor, como quien cuenta el peso de los años- por una libra de frijoles.
Nada
más. Una libra de frijoles. Dos años llevaba ya encerrado cuando lo
conocí. Dos años por aquel puñado de granos que el hambre le arrancó las
manos una tarde sin esperanza. Tenía familia, tenía hijos, tenía el
vientre vacío y el país entero negándole un jornal.
Con
el tiempo, salió. Lo recuerdo despidiéndose con ese gesto suyo,
humilde, medio sonrisa, como si la libertad fuera un regalo que no se
atreviera a merecer del todo. Salió a reencontrarse con los suyos, a
rehacer la trama rota de su vida.
Pero el destino -o mejor dicho, la injusticia con uniforme- le tenía reservada una crueldad mayor.
Apenas
7 u 8 meses después, volví a verlo dentro de la prisión. Allí estaba,
con la misma mansedumbre de siempre, como si nunca hubiera salido. Se
había reencontrado con los barrotes, con el frío de la losa, con ese
olor a humedad y derrota que tienen las celdas.
-¿Qué pasó? 'le pregunté con la voz rota por la perplejidad.
Y él, con esa calma que desarma, que duele más que cualquier grito, me respondió:
-Me volvieron a capturar.
¿El
motivo? Los cuerpos represivos imaginaron que se había fugado de la
cárcel. Sí, lea bien: los poderosos supusieron que este hombre sin
oficio, sin letras, sin nadie más que su hambre y su familia, contaba
con una red que lo arrancara de la justicia. No había tal cosa, por
supuesto. Solo el miedo y el capricho de los que mandan. Lo atraparon
otra vez. Por las mismas libras de frijoles -que ya entonces era un eco,
un fantasma- lo devolvieron al infierno.
Casi
cinco años de su vida encerrado por una libras de frijoles. Dos años y
medio de la primera condena. Sale, respira unos meses de aire libre, y
otra vez los grilletes. Todo por el mismo puñado de granos. Por aquella
noche de hambre que él recordaría hasta el último de sus días.
Después
salí también, trasladado a San Salvador. Perdí su rastro. No volví a
encontrarlo. No sé si alguna vez la libertad le fue devuelta del todo.
Pero su rostro se me quedó grabado como una pregunta sin respuesta.
Esa
fue la realidad que removió nuestra conciencia adentro de la prisión,
que nos exigió un compromiso más hondo. Los campesinos, los indígenas,
los hijos de los pueblos originarios -muchos de ellos analfabetos-
llenaban las celdas. Y nosotros, presos políticos, asumimos entonces una
tarea sagrada: alfabetizarlos. Leer y escribir era para ellos la llave
de un mundo que habían atravesado siempre a oscuras. Así nacieron los
colectivos de estudio, donde compartíamos el análisis de la realidad,
donde encendíamos entre todos una pequeña hoguera contra la noche.
La poesía se hizo palabra y los libros un racimo de letras que alimentaban la conciencia.
Esa
es la verdad de las cárceles en El Salvador. En aquel tiempo, en este
tiempo. Todo cambia para que nada cambie, sobre todo para los pobres.
Como bien lo dijo Víctor Hugo: para los miserables de este mundo.
«A los ignorantes enseñadles lo más que podáis; la sociedad es culpable por no dar instrucciones gratis; es responsable de la oscuridad que con esto produce. Si un alma sumida en las tinieblas comete un pecado, el responsable no es en realidad el que peca, sino el que no disipa las tinieblas.»
La
justicia, ya se sabe, tiene dos pesos y dos medidas. Cuando estás libre,
crees que es ciega. Cuando estás preso, descubres que siempre ha mirado
hacia otro lado.
aapayés