sábado, 13 de junio de 2026
Quiero
Breve relato de un sueño
Era un hombre, o eso creía. Tenía un sueño: someterse a una operación que le remediara ese mal profundo que llevaba en el alma, como una bestia enquistada. El doctor, hombre de manos firmes y palabras medidas, le dijo: “Si se arriesga, lo opero”. Y así lo hicieron, con la prisa de quien sabe que el tiempo es un hilo que se desgasta. La operación fue delicada, un abrir y cerrar de carnes temblorosas, pero al fin los cirujanos alzaron la vista, y hubo un eco de aplausos contenidos. El paciente sobrevivió.
Sobrevivió, y para paladear la vida -esa imagen recién recuperada- se fue al cine. Caminó largas cuadras con pasos de resucitado, compró una entrada, se hundió en la butaca. Allí encontró a ella. Hablaron de la operación, del riesgo, de la dicha de estar allí, vivos, a oscuras frente a una pantalla. Y de pronto, como si la ficción se derramara de la pantalla al pasillo, apareció un médico. No el cirujano principal, sino su auxiliar, el que pasa las pinzas y contiene la hemorragia con manos que nadie recuerda. Este hombre, de mirada líquida, les contó que la operación había sido difícil, pero que conocía las capacidades del doctor, y que todo, al fin, había sido un éxito.
Entonces la amiga, tocando el hombro del médico, le dijo: “Él es el operado”. Y el médico, incrédulo, negó con la cabeza: “No, no creo que sea usted”. Pero el paciente, con una calma que le sorprendió, se levantó la camisa y mostró la cicatriz: un surco reciente, rojo y violeta, como una boca cosida. El doctor la miró, lo reconoció, y asintió: “Sí, es usted”.
Terminaron de ver la película -no recordaba ni el título- y salieron. En la calle, el aire olía a asfalto y a jazmines falsos. Caminaban juntos cuando aparecieron dos muchachas en una moto. Parientes, dijo el paciente. Y la amiga preguntó: “¿Son tus hijas?”. “Sí”, respondió él, “son mis hijas”. Las muchachas saludaron con la mano y partieron, pero la moto no hacía ruido. Al alejarse, la amiga levantó los ojos y vio que las dos iban suspendidas en el aire, sin vehículo, sin tierra, como dos figuras recortadas contra el cielo. “Pero si no tienen moto”, murmuró. El paciente volvió a mirar, y esta vez vio lo que siempre había estado allí: el vacío bajo los pies de sus hijas, la ausencia de motor, la levedad de lo irreal.
Algo se rompió entonces. El suelo comenzó a temblar bajo sus pies, pero no era un temblor: era el mundo deshaciéndose como un mal sueño. Volvió al hospital sin moverse, o quizás nunca se había ido. Vio la escena de la operación: los médicos aplaudiendo, las enfermeras con los ojos húmedos, el cirujano recibiendo una ovación. Todo era éxito, luz, palmadas en la espalda. Pero él siguió caminando -ya no con pies, sino con algo más frágil- y entonces vio la otra escena, la verdadera, la que ocurría detrás del telón de los aplausos.
El paciente yacía muerto en la mesa. No había sobrevivido. Todo había sido un sueño: el cine, la amiga, la cicatriz, la moto inexistente, el médico auxiliar, los jazmines, las hijas flotando en el aire. Todo había sido el último latido de una conciencia que se negaba a apagarse. Y en ese instante supo que no era real, era un sueño. Había tenido un sueño de esperanza, por un momento, él seguía viviendo, sin saber que todo era un sueño.
aapayés
viernes, 12 de junio de 2026
En la oscuridad de tus caderas
jueves, 11 de junio de 2026
El contorno de un amor que nadie recuerda
miércoles, 10 de junio de 2026
La mirada cómplice del amor
martes, 9 de junio de 2026
La pesadilla es un murmullo que agita emociones
lunes, 8 de junio de 2026
El ocaso de pronunciar tu nombre
domingo, 7 de junio de 2026
Hay una poema de amor para escribir
sábado, 6 de junio de 2026
Conversando con el alma de pintor
viernes, 5 de junio de 2026
Sé mi poesía esta noche
jueves, 4 de junio de 2026
Pienso con la saliva del verso
miércoles, 3 de junio de 2026
Que la despedida sea un beso sin prisa
Relato XXII - La autodeterminación de ser fuerte
Regía la ley del más fuerte. Los mayores imponían su dominio, y los más pequeños vivían a merced de ellos. Nosotros, en cambio, contábamos con una frágil armadura: la protección de nuestros hermanos mayores, quienes nos defendían en los momentos de apuro.
Un día, mi hermano Manuel nos llamó a Txanba y a mí frente a la escuela. Era un lugar abierto, un mirador desde donde se abarcaba toda la geografía del hogar: el sector de las niñas, el comedor, el dormitorio femenino. A la vista estaban también la lavandería, la oficina de la monja encargada, la sala de música y, más al lado, el parque de la sala cuna, cercado con su malla ciclón. Se alzaba el pabellón de la enfermería, con su propio dormitorio y comedor. Los pinos y los zapotes mecían su sombra en un vaivén lento, y en el centro, el asta donde debía izarse una bandera que casi nunca subía, salvo cuando nosotros, en competencia feroz, trepábamos para ver quién llegaba más alto. Unos metros más abajo, el portón principal se abría ocasionalmente al mundo exterior: camiones, autobuses, visitas esporádicas.
Allí, sentados en ese lugar de aparente paz, Meme nos habló con una calma que nos heló:
-Quiero decirles que, de ahora en adelante, ya no los defenderé. No intervendré en los problemas que tengan, ni en los que puedan crear.
Txanba y yo intercambiamos una mirada silenciosa. No hubo más palabras, pero el peso de su declaración cayó sobre nosotros como una losa. El aire se llenó de un silencio espeso, cargado de inquietud.
Esa misma tarde, ya entrada la noche, durante el tiempo de juegos -fútbol, “cuilio y se largo”, “pecados”-, la nueva realidad se materializó. En una discusión con Richard, “el Pesetudo”, “el Chelé”, como le llamábamos, las palabras se agotaron y dieron paso a los golpes. Patadas, forcejeos, un combate rudo y sin testigos adultos.
Así comenzó mi autodeterminación. Aquella pelea fue el rito de paso: ya no dependía de Manuel. A partir de entonces, me defendería solo.
Desde ese día supe, con una certeza amarga y liberadora, que no permitiría que nadie volviera a golpearme, insultarme o humillarme en el Hogar del Niño.
aapayés
martes, 2 de junio de 2026
Ungida por el gesto de un gesto
lunes, 1 de junio de 2026
Un poema de amor en tus labios
domingo, 31 de mayo de 2026
Soy la pesadilla del silencio
sábado, 30 de mayo de 2026
Razón de vivir
viernes, 29 de mayo de 2026
En la memoria íntima de la noche
jueves, 28 de mayo de 2026
En la fiebre de tu cuerpo imaginado
miércoles, 27 de mayo de 2026
En la soledad marchita de amor.
martes, 26 de mayo de 2026
Déjame seducirte esta noche
lunes, 25 de mayo de 2026
Donde la poesía se vuelve un gesto
domingo, 24 de mayo de 2026
En la neblina del silencio
Relato IXX -Un castillo de naipes abatido por un suspiro
En el octubre de aquel año, cuando el aire comienza a cargarse de presagios y la luz se tiñe de un ámbar melancólico, mi caso navegaba por los fríos canales del juzgado. Allí, las acusaciones, frágiles y huecas, se desmoronaban una a una, como un castillo de naipes abatido por un suspiro. Al frente de aquel teatro legal, el fiscal Sidney Blanco esgrimía su convicción.
Fue en la plenitud de ese mes otoñal cuando el fiscal dictaminó, con letra clara y firme, que mi nombre estaba libre de toda sombra. No había prueba alguna, solo el eco vacío de una culpa inventada. En su escrito, solicitaba mi sobreseimiento, una palabra que para mí resonaba como la primera nota de una sinfonía olvidada: la libertad.
Sin embargo, en los pliegues oscuros del proceder, el Juez Sexto de lo Penal de San Salvador eligió el silencio. Deliberadamente, como quien oculta una llave bajo un manto de olvido, escondió aquel dictamen liberador. Lo aprisionó en un cajón, negándole la luz, negándoselo a mi abogado, negándomelo a mí. Aquel papel, que debió ser mi pasaporte de vuelta al mundo, se convirtió en un fantasma más dentro de los muros.
Y así, desde su mismo germen, el destino del proceso se enredó en malezas de opacidad. La justicia, que por un instante había mostrado su rostro más puro, volvió a cubrirse con un velo espeso, y todo -absolutamente todo- se complicó en el laberinto de una intención tortuosa.
aapayés
sábado, 23 de mayo de 2026
Con el andar desnudo de tu alma
viernes, 22 de mayo de 2026
El último lienzo
jueves, 21 de mayo de 2026
En la grieta de un dios olvidado
miércoles, 20 de mayo de 2026
Diosa que se desviste en la ceniza
martes, 19 de mayo de 2026
Con la ausencia de tu silencio
lunes, 18 de mayo de 2026
Carátula rota de la vida
domingo, 17 de mayo de 2026
En el universo del pensamiento
sábado, 16 de mayo de 2026
La complicidad perversa de tenerte en versos
viernes, 15 de mayo de 2026
Invocación para los que aún escuchan
jueves, 14 de mayo de 2026
En la biblioteca de tu silencio
Relato XXIX - Un ladrillo esperando en la pared
La vida en el hogar se organizaba en grupos. Cada uno estaba bajo el mando de un orientador, una figura de autoridad absoluta que dictaba las reglas. Nuestro deber diario era mantener impoluta una zona asignada de la vasta propiedad.
Nuestra área era un lugar singular: dominada por una estructura de cemento curva y alargada que, en la imaginación de algún niño, había recibido el nombre de "el gusano". Su forma evocaba los rieles de una montaña rusa petrificada. Junto a ella, en un rincón sombrío, se encontraba una pecera antigua y vacía, custodiada por un pequeño bosquecillo de bambú. Estas plantas, de un verde intenso, eran nuestra pesadilla: sus hojas, finas y lanceoladas, caían en un goteo constante, cubriendo el suelo como un persistente manto amarillento. A pesar de ello, teníamos que barrer la zona hasta dejarla limpia, y así lo hacíamos cada tarde.
El orientador de nuestro grupo era el Sr. Bermúdez. Un hombre que había servido en el ejército y llevaba la disciplina militar grabada a fuego en el carácter. Su revisión era nuestro juicio final. Inevitablemente, para cuando él pasaba su mirada escrutadora, nuevas hojas habían volado desde los bambúes, manchando la perfección que exigía.
Al caer la noche, cuando ya debíamos estar durmiendo, su voz áspera nos reunía. Formábamos una fila frente a él, en pijama, bajo la luz fría de un bombillo. Allí comenzaba el sermón: un regaño metódico y humillante por las hojas que él había encontrado, por nuestra "negligencia". Pero el discurso era solo el preludio.
El castigo seguía. Nos ordenaba desnudarnos. Luego, debíamos ponernos en cuclillas, manteniendo la posición durante lo que parecían horas. Los músculos ardían, las piernas temblaban. Algunos niños caían al suelo exhaustos; otros rompían a llorar. El Sr. Bermúdez recorría la fila. Al que flaqueaba, lo golpeaba con la hebilla de su ancho cinturón de cuero, que silbaba antes de impactar.
Pero había más. El muro del dormitorio, de cemento gris, tenía a la altura de un metro setenta una hilera de lo que llamábamos "ladrillos calavera". Eran bloques con orificios cuadrados y diagonales, cuyos bordes superiores, hacia el interior, eran afilados como cuchillas. Bermúdez nos agarraba por la espalda, nos levantaba y nos forzaba a colgarnos de esos bordes cortantes, sosteniendo todo el peso del cuerpo en los diminutos dedos. El filo se clavaba en las palmas. Al soltarnos, caíamos al suelo, una altura de 2 metros, con las manos marcadas, a veces sangrando. Y entonces, antes de que pudiéramos reaccionar al dolor, llegaban los golpes del cinturón en la espalda y las piernas.
Otro de sus castigos favoritos eran los tirones de oreja. No eran pellizcos, sino arranques brutales. Agarrando el lóbulo, tiraba de él con tanta fuerza hacia arriba que la piel fina bajo la oreja se desgarraba. La sangre caliente bajaba por el cuello de la camisa, una humillación tangible.
Vivencias, siendo apenas niños de 7 años, recién salidos de la sala cuna. Éramos criaturas pequeñas, con uniformes que nos quedaban grandes, aprendiendo que el mundo estaba hecho de reglas inflexibles, hojas imposibles de vencer y el filo de un ladrillo esperando en la pared.
aapayés





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