Microbiografía de Adolfo Payés

Bertolt Brecht

Bertolt Brecht

sábado, 13 de junio de 2026

Breve relato de un sueño









Era un hombre, o eso creía. Tenía un sueño: someterse a una operación que le remediara ese mal profundo que llevaba en el alma, como una bestia enquistada. El doctor, hombre de manos firmes y palabras medidas, le dijo: “Si se arriesga, lo opero”. Y así lo hicieron, con la prisa de quien sabe que el tiempo es un hilo que se desgasta. La operación fue delicada, un abrir y cerrar de carnes temblorosas, pero al fin los cirujanos alzaron la vista, y hubo un eco de aplausos contenidos. El paciente sobrevivió.

Sobrevivió, y para paladear la vida -esa imagen recién recuperada- se fue al cine. Caminó largas cuadras con pasos de resucitado, compró una entrada, se hundió en la butaca. Allí encontró a ella. Hablaron de la operación, del riesgo, de la dicha de estar allí, vivos, a oscuras frente a una pantalla. Y de pronto, como si la ficción se derramara de la pantalla al pasillo, apareció un médico. No el cirujano principal, sino su auxiliar, el que pasa las pinzas y contiene la hemorragia con manos que nadie recuerda. Este hombre, de mirada líquida, les contó que la operación había sido difícil, pero que conocía las capacidades del doctor, y que todo, al fin, había sido un éxito.

Entonces la amiga, tocando el hombro del médico, le dijo: “Él es el operado”. Y el médico, incrédulo, negó con la cabeza: “No, no creo que sea usted”. Pero el paciente, con una calma que le sorprendió, se levantó la camisa y mostró la cicatriz: un surco reciente, rojo y violeta, como una boca cosida. El doctor la miró, lo reconoció, y asintió: “Sí, es usted”.

Terminaron de ver la película -no recordaba ni el título- y salieron. En la calle, el aire olía a asfalto y a jazmines falsos. Caminaban juntos cuando aparecieron dos muchachas en una moto. Parientes, dijo el paciente. Y la amiga preguntó: “¿Son tus hijas?”. “Sí”, respondió él, “son mis hijas”. Las muchachas saludaron con la mano y partieron, pero la moto no hacía ruido. Al alejarse, la amiga levantó los ojos y vio que las dos iban suspendidas en el aire, sin vehículo, sin tierra, como dos figuras recortadas contra el cielo. “Pero si no tienen moto”, murmuró. El paciente volvió a mirar, y esta vez vio lo que siempre había estado allí: el vacío bajo los pies de sus hijas, la ausencia de motor, la levedad de lo irreal.

Algo se rompió entonces. El suelo comenzó a temblar bajo sus pies, pero no era un temblor: era el mundo deshaciéndose como un mal sueño. Volvió al hospital sin moverse, o quizás nunca se había ido. Vio la escena de la operación: los médicos aplaudiendo, las enfermeras con los ojos húmedos, el cirujano recibiendo una ovación. Todo era éxito, luz, palmadas en la espalda. Pero él siguió caminando -ya no con pies, sino con algo más frágil-  y entonces vio la otra escena, la verdadera, la que ocurría detrás del telón de los aplausos.

El paciente yacía muerto en la mesa. No había sobrevivido. Todo había sido un sueño: el cine, la amiga, la cicatriz, la moto inexistente, el médico auxiliar, los jazmines, las hijas flotando en el aire. Todo había sido el último latido de una conciencia que se negaba a apagarse. Y en ese instante supo que no era real, era un sueño. Había tenido un sueño de esperanza, por un momento, él seguía viviendo, sin saber que todo era un sueño.

aapayés