He recitado suspiros que traspasan el espejo,
eco de una voz que olvidó su garganta.
Soy lenguaz de la página en blanco,
y del ansia de descifrar los versos
que tu piel escribe en otro idioma.
Adivino tu nombre con metáfora de niebla
-forma que se deshace antes de nombrarse-
mientras los deseos de tu cuerpo
se enredan como miel en ramas
en la biblioteca líquida de tus piernas,
y en la geografía tibia de tus pechos,
donde mis manos meriendan
lo que tus dedos dejan sin decir.
He llamado tu nombre
como quien enciende una lámpara en el agua:
apenas escrito en mi carne,
apenas rozando el borde de lo prohibido.
Tu nombre me sabe a pausa,
a ese hueco donde el ruido se desnuda.
Y el delirio húmedo que resbala entre mis palmas
no es mío: es el río que te lleva,
es la tinta que gotea de tus muslos,
musa de un poema que nunca termina.
Dame un beso que desordene el tiempo,
y dame tu cuerpo mojado en mi sombra,
como si el sueño por fin recordara su forma.
aapayés

