Lo tangible es un lazo inevitable,
un hilo que teje la memoria en sombras,
tan frágil como el eco de una risa
que el viento desdibujó sin prisa.
Fue entonces, como un roce sin destino,
que llegó esa caricia -casi un milagro-
a desatar los nudos del cansancio,
a beber del tiempo su latido lento,
a sentir en la lengua su resabio.
Y el amor, ese cuerpo de luz viva,
no se rinde a la piel, sino a la herida
de ser ternura aún sin forma,
de ser beso que el viento desvía,
de ser palabra que el silencio nombra.
Cómplice el silencio,
se vuelve manto sobre la tormenta,
y la acaricia hasta volverla brisa,
hasta que el alma, por fin, se aquieta.
aapayés

