Eres el gozo eclesiástico
de mis tentaciones,
la hostia leve y eucarística
que desata mi poesía,
y el primer pecado, el viejo,
donde todas mis caídas
encuentran su nombre.
Vengo de la nada,
de un silencio que no recuerdo,
y la muerte, mi sombra,
me roza los talones.
La palabra, sin embargo,
brota torpe de mis grietas,
como un manuscrito roto
que el viento desordena.
Tú eres el acento
que al corazón le falta,
el guion que se borra
para ser, ya sin letra,
ese espacio vacío
donde empiezo a quererme
a solas, sin testigos.
Eres el capricho bíblico
que en mis noches repito,
un salmo que no termina,
un rezo que te nombra
mientras el mundo gira
y yo, apenas, te escribo.
aapayés

