Y si el cielo no es más
que un telar de niebla
donde urdimos la luz para no hundirnos,
un eco que inventamos
para que el pecho tenga un sitio donde arder.
Dante bajó, me dijo,
pero no halló abismos:
halló calles,
halló rostros sin sueño,
la mitra y la toga
mordiendo el pan de los otros.
El infierno no está abajo:
late en el voto que se vuelve cadena,
en la ley que se hace lodo,
en el pasillo donde el silencio se vende.
Él caminó entre ellos,
los reconoció:
eran los mismos que aplauden la hoguera
mientras firman la paz.
Y supo que el averno
no tiene puertas:
es esta hora, este suelo,
este día que se repite en los periódicos.
Entonces el cielo -si existe-
no es promesa ni altura,
sino un parpadeo nuestro:
creer, a contracorriente,
que aún cabe un gesto limpio
entre tanto negocio de tinieblas.
aapayés

