Una lágrima
brotó en la clavícula del exilio,
allí donde la tinta respira su propia orfandad,
donde el verso se rompe la espalda
contra el filo de su propio sentido
y escupe sílabas ciegas al abismo.
Un llanto de ceniza y miel,
cruzó el firmamento por el revés,
y en su vientre gestó sentimientos
que bebían la noche
para iluminar, hueso por hueso,
la sonrisa del destierro.
Vivir es esta fiebre de escribir
con la lengua torcida,
un verso que se muerde la cola,
que arde sin fuego,
que danza sobre su propio cadáver.
Palpito sueños en la niebla,
que se esfuman en silencio
y en cada suspiro siembro
una caricia que se devora a sí mismo
y renace más denso,
más ciego,
más sueño,
más silente.
aapayés

