Brotaron en la clavícula del exilio,
allí donde la tinta respira su orfandad,
donde el verso se quiebra la nuca
contra el filo de su propia imagen
y escupe sílabas ciegas al vacío.
Otro enjambre -de ceniza y miel-
cruzó el firmamento por el revés,
gestó versos de niebla
y poesía que bebían la noche
para alumbrar, vértebra por vértebra,
la costilla del destierro.
Vivir es esta fiebre
de escribir con la lengua torcida,
un poema que se muerde la cola,
que arde sin fuego,
que danza sobre su propio límite.
Dibujo estelas sin puerto,
y en cada estela siembro
lo que se devora a sí mismo
y renace más denso,
más ciego,
más hondo.
aapayés

