Un verso de espuma
-que no sabe si es nube o es saliva-
enrolló su sombra líquida
sobre la pradera que fue tu cuerpo
(pero la pradera era un espejo,
y el espejo, una herida que respira).
Una caricia de plumas húmedas
desordenó el orden de los besos,
y el rayo, antes de ser rayo,
fue un pez que olvidó su nombre
y nadó hacia tu ombligo
-que era un ojo cerrado
que miraba hacia adentro-.
La poesía, entonces,
mordió tu desnudez
y la convirtió en un pájaro de papel,
un pájaro que volaba hacia atrás,
que cantaba en reversa,
que llevaba tu sexo
como una llave que no abre nada.
Yo, mientras,
escribo con los pies,
con los párpados,
con un dedo que no es mío,
escribo sin tinta,
sobre el agua,
sobre el viento que se duerme,
y aunque tú no estás,
tu ausencia tiene piernas,
tu ausencia baila un tango
con una nube que se ríe
de mí, de todo, de las horas.
Y al final,
la nube -que ahora es un sombrero-
vuelve a envolver tu ausencia,
pero tu ausencia ya no es tuya,
es una naranja que llora miel,
es un reloj que da vueltas
sobre una cama vacía,
y yo,
yo soy un pez que fuma
mientras la poesía me lame
los huesos.
aapayés

