La soledad
Llamó al alma
-lodazal, costra,-
ciega y con garras,
arrastrándose por los callejones podridos
de mi silencio.
El amor no canta: roe mis huesos,
y danza, sí, danza sobre mi vientre abierto,
mudo, descosido,
mientras se desangra
la última mentira del placer
de ser apenas
un vómito que nadie traga.
Un umbral
para lamer a dentelladas
la podredumbre de lo no vivido.
Soy la peste sin rostro
del que siempre quiso
ser veneno en tu lengua,
y nada más que eso.
Mi carne, puta del pecado de amar,
se deshace a gusanos
dentro del sótano de la traición,
allí donde el odio me parió
entre grietas de soledad
y leches corruptas.
El umbral,
al fin,
sorbó mi último aliento
y lo escupió en un frasco roto
justo antes de que mi garganta
se pudriera con tu nombre.
aapayés

