Solo busco un espacio
donde el amor
no necesite nombre,
donde el tiempo
se detenga
justo un segundo
-el justo-
para que mi voz
se haga carne
en tu cuerpo desnudo,
y un verso
habite el ángulo exacto
donde la pasión
se vuelve geometría.
Leímos juntos
el placer obsceno
de lo que no se nombra,
y fuiste tú
quien abrió las páginas
de tu piel
para que mis letras,
húmedas aún de ti,
descifraran el mapa
de tu deseo.
Y te doblegué
-o me doblegué-
en el temblor
de hacerte mía
no por posesión,
sino por poesía:
porque mis manos
brotaron como ríos
y tu cuerpo
fue la tierra
donde la literatura
se hizo sangre.
Solo busco un espacio
-un mínimo claro-
donde tu cuerpo
se erice ante mis versos
y yo pueda leer
tu orgasmo literal,
ese umbral
donde el placer
ya no es metáfora
sino vértigo.
Solo busco
ese orificio del deseo,
esa herida luminosa
donde el placer
y el amor
se confunden
hasta ser uno.
Solo busco
el espacio literario
que un día compartimos
-gracias a ti-,
donde ya no sé
si fui yo
quien te escribió
o tú
quien me dictaste
cada sílaba
de este fuego
que ardía en la poesía
aapayés

