Quiero, deseo, o quisiera
-y ya sé que no es lo mismo que hacer,
ni que ser.
Hay una grieta entre lo que se anhela
y lo que se vuelve carne,
y en esa grieta habito.
En esa amalgama del conflicto interior,
donde las palabras se rompen
antes de llegar a los labios,
me quedas tú.
No tú entero,
sino una idea borrosa,
una forma que se pierde
en la neblina del silencio,
como un pájaro visto al atardecer
del que ya no se sabe si voló
o si nunca estuvo.
Fluyes.
O fluye algo desde ti hacia mí,
no sabría decirlo.
Como una imagen que pernocta en las venas,
que pulula sin pedir permiso,
abierta a ti por completo.
Y eres solemne,
pulcra,
como la inspiración misma
cuando decide no llegar del todo:
ese querer sin objeto,
ese amar sin nombre,
ese querer ser
apenas un suspiro en tu vivir. Nada más.
Un suspiro que al alma del tiempo
-esa vieja respiración lenta del mundo-
le parezca sensato y fiel al amor.
Y al final,
quiero,
pienso,
y soy una caricia.
Pero una caricia
que nunca termina de acariciar
el alma de ser.
Queda suspendida,
como una mano que se acerca a la mejilla
y se detiene a un milímetro,
para siempre.
A ti
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