Al arribar a la celda, exhausto, consumido, vacío de toda fuerza, me arrojaron al suelo. Tras unos minutos, regresaban para levantarme a golpes, restaurándome a la postura inicial: de pie, en medio de la oscura, gélida y tenebrosa celda de la muerte. Sin alimento, sin agua, sin nada que no fuera el látigo de la tortura física y el yugo de la psicológica. Tembloroso, débil, aguardando el momento en que volverían por mí. Así transcurría el ritual macabro.
Al amanecer, desde la lejanía, se filtraban los cantos castrenses, arengas fúnebres que los militares entonaban en su ejercicio matutino. Así pasaba el día.
La noche se anunciaba solo porque, a la hora más profunda de la sombra, llegaban a la celda a buscarme. Y así, una y otra vez, en los días que me tuvieron desaparecido.
La segunda noche repitió el mismo ceremonial: golpes, amenazas, insultos, preguntas, y más golpes. Pero esta vez, todo se transformó; el ritmo de su ritual asesino cambió por completo.
Me sentaron en una silla fría, erizada de alambres en brazos y pies. Sentí cómo el verdugo aplicaba una pieza de metal sobre mis órganos genitales y, de pronto, un estallido sacudió mi cuerpo, un temblor eléctrico que me recorrió entero, acompañado de gritos insoportables, desgarrados. La corriente se repetía, una y otra vez, hasta el agotamiento, hasta que los alaridos se confundían con el silencio de la impotencia. Ya no podía articular palabra, solo el grito primario, el clamor del dolor y la muerte.
Exánime, inconsciente, me arrastraron de vuelta a la celda. Y así, sin fuerzas para erguirme, solo a golpes, solo por la violencia de sus manos, me volvían a poner en pie, en el centro de aquel cubículo desolado.
Fue en la penumbra del tercer día cuando se me ocurrió beber agua del inodoro. Avancé lentamente hasta él y, con las manos atadas a la espalda, logré echar agua una y otra vez con movimientos torpes. Después, me agaché frente a la taza, me incliné lo más que pude y sumergí el rostro en aquel círculo de porcelana. Bebí. Un hedor insoportable a orín y excremento invadió mi paladar, pero era la única fuente, el único manantial posible. Desde entonces, cada vez que la sed me ahogaba, repetía aquel acto de supervivencia visceral.
Durante todo el tiempo que permanecí en aquellas cárceles clandestinas, nunca me dieron de comer ni de beber.
Al cuarto día, después de la sucesión interminable de tormentos, volvieron. Esta vez, tras colocarme la capucha, la falta de oxígeno sofocó mi aliento hasta apagarlo. Perdí la conciencia y ya no sentí nada más: solo el descanso, solo el silencio.
Había muerto… hasta que me reanimaron. Volví en sí a continuar la pesadilla.
aapayés

