Ya no habito la casa de la dicha.
Esa morada es de otro reino.
En el mío,
me basta este oficio: el de la letra,
el de alumbrar la palabra,
dar nido al vuelo de la imagen,
ungir el sentimiento
y bendecir la excepción, la rareza
que habita en los pliegues del pensar.
Si en este día tu nombre me visita,
no es mi voz
la que entona la salmodia de la ausencia,
ni es mi mente;
es el incienso de un ritual a ciegas,
el canon del olvido
que oficia por mí.
Me azota el clamor de tu vacío
y se borran los versos
que peregrinaban
por las aceras del mundo,
esa vía sacra, desolada,
que en su helada desnudez
me consagró a la verdad
de una alegría que ya no es.
Ya no estoy para el festín de la alegría.
La dicha es un relicario
de esencia y pensamiento
que, por un instante, exorciza
la sombra de la soledad.
Porque la soledad,
para mí, es el sagrario.
El lugar donde oficio el rito de creerme,
escribiendo salmos
con la paciencia de los siglos,
para domar esa sonrisa (esa epifanía)
que llama a mi puerta
sin decir mi nombre,
anunciándose en silencio.
Y yo…
para ese sacramento ya no estoy preparado,
para el milagro vano
de ser feliz.
aapayés

