La sed del horizonte
El naufragio
fue una grieta por donde la distancia
se desangró en alondras.
La mañana
era un puñal vestido de infinito
clavado en la mejilla del agravio.
El reloj
-esa cárcel de polen-
masticaba la sombra de un beso
mientras la melancolía
abría sus piernas de niebla
sin rezar,
en el dintel donde el cielo
se desnuca.
Castigo de un verso
que parió cuchillos,
cópula de lo imposible
en el establo de un amor
que huía
como huye la luz
por el costado oscuro de las cosas.
El sueño,
lobo de ceniza,
aulló.
Y la realidad
fue un párpado que se cierra
sobre nada.
El abismo regresó
con el traje de la ausencia.
Un verso,
lengua de fuego,
lamía el alfabeto de tus labios.
Y esa boca
-oh, destierro donde la poesía
se ahorca con sus propias venas-
era un abanico de piel
que abría y cerraba
un amor lleno de cicatrices
que aún sangraban mariposas.
La complejidad
se vistió de hueso,
se hizo austera,
monja de sal
en el convento de la nostalgia.
Y la ausencia
no era un abismo:
era el ojo de Dios
mirando desde el fondo de un pozo
donde flotaban mis palabras.
Si no escucho tu nombre
nacer entre las sábanas
como nace un río
de la herida de la tierra,
soy un hombre que grita
en el desierto del poema.
La noche,
prostituta de estrellas,
fue cómplice de este amor
que atravesaba el vacío
como un cometa que supiera
que va a morir.
Y lo elevé,
sí,
lo encaramé en la nostalgia
hasta tocar la astronomía exacta
de tu cuerpo desnudo,
constelación que aún arde
en el infinito de la literatura,
esa hoguera donde quemo
todo lo que no fuiste.
Que te quede claro
como el agua que no existe:
tu ausencia
es el único país que habito,
vértigo de un minuto
que se enreda en las faldas del segundo,
suspiro que mastica versos de amor
a escondidas,
por el lado salvaje del destino,
donde los perros del tiempo
me ladran a la cara.
Y entonces
todo se hizo polvo de constelaciones.
El vértigo derramado,
el vino negro de tu ausencia,
se hizo añicos
en los pliegues,
en los renglones más secretos de tu cuerpo,
ese libro que nunca
-nunca'
aprenderé de memoria
porque cada vez que lo hojeo
me sangran las pupilas.
Un beso, cielo
Pero que sea un incendio
donde queme mis manos.
Una caricia
que desuelle el alma
hasta dejarla transparente.
Y un verso,
uno solo,
que sepa a Eucaristía
cuando mi lengua, obispo de la nada,
rece
en el pubis exacto de tu presencia,
esa puerta por donde entró la muerte
y no quiso salir.
Porque allí,
donde la nada se hace carne
y la carne se hace verbo,
allí,
en ese pliegue de tu cuerpo
que es mi única patria,
la poesía
abre las piernas
y pare
eternidad.
aapayés

