Hay un retrato
que olvida su nombre en el espejo.
Eres la sed
que se bebe a sí misma en mi boca,
la sal que despierta
donde la piel inventa su propio abismo.
Yo soy el eco
que aprende a morder desde dentro,
la lengua que desordena el vértigo
para que caigas
hacia arriba.
El placer no se comparte:
se extravía en un bosque de venas,
se hace pájaro ciego
en la habitación donde arden las pausas.
Vitoreamos el vértigo
con dientes de ceniza,
y en cada mordida
germina un origen distinto.
Un suspiro te deshabita los ojos
y en la grieta que deja
-esa hendidura exacta donde el aire olvida su oficio-
un delirio
nos inventa otro cuerpo
y en ese cuerpo
susurra
que el mundo
es apenas un pliegue
de esta fiebre.
aapayés

