Recibí el beso no escrito.
Sí, el beso en el silencio anterior a la palabra.
Y al acariciarte
un fuego sin materia descendió sobre mi lengua.
Tu nombre habitó mis huesos
como habita la luz el vitral,
como la mirra habita el pecho del incensario.
Y sentí -en la carne que no te tuvo-
la unción de un cuerpo prometido,
la sal de un beso consagrado a la distancia.
Porque tus signos -aunque sin tinta-
eran de una escritura más antigua que el tiempo,
y su fulgor desnudó,
como desnuda el alba los altares,
la inocencia de tu silencio
y el pan efímero de amarnos en secreto.
Acaricié el beso que nunca me diste.
Y enmudecí.
Porque todo verbo ya era inútil
ante la palabra hecha ausencia.
La soledad -oh, tan terca-
celebra su liturgia en mi pecho.
Mi imaginación asciende como incienso
hasta la puerta que nunca se abrió,
puerta sellada,
por donde ni siquiera el adiós pudo pasar
para darme la unción de tu despedida.
Y sin embargo,
amén, te amo.
Y me quedo en vela,
velando un lecho donde yace la memoria,
cantando salmos con la boca llena de ceniza,
esperando -sin esperar-
la epifanía de tu nombre.
Un verso leído en voz baja
transfigura la espera.
La soledad,
como un cirio que arde sin consumirse,
es más sagrada sin ti.
Hoy -en este día sin fiesta-
he comulgado con el beso
que nunca me diste.
Amén.

