miércoles, 31 de diciembre de 2025
Bebo los minutos que se negaron a nacer
martes, 30 de diciembre de 2025
En el asilo de la nada
lunes, 29 de diciembre de 2025
En el silencio estelar de la vida.
domingo, 28 de diciembre de 2025
Disparé Silencios
sábado, 27 de diciembre de 2025
En el frasco del recuerdo
viernes, 26 de diciembre de 2025
Solvente
jueves, 25 de diciembre de 2025
La cruel riqueza de tu belleza
Relato VI un disparo marcando el destino
Era una noche de verano de 1965, una noche cargada de un calor denso y de recuerdos recientes del temblor. Yo dormía en un centro de refugiados, un lugar provisional para almas desplazadas por el gran terremoto que había sacudido San Salvador aquel lejano 5 de mayo. La quietud era un frágil velo sobre el miedo.
De pronto, la oscuridad se rasgó. Un grito, desgarrador y agudo, atravesó el silencio como un cristal quebrado. Era el llanto de un niño de dos años, arrancado del sueño no por una pesadilla, sino por el estallido seco, brutal, de un fusil. Un soldado, en un juego fatal con su arma, había dejado escapar un disparo a la noche.
Al clamor del pequeño, respondió el corazón desesperado de dos mujeres. Su madre y su hermana se levantaron como sombras veloces, guiadas únicamente por el hilo de angustia que trenzaba aquel llanto. Corrieron hacia el sonido, un sonido que ya se teñía de un presagio amargo.
Al llegar, el aire se les heló en el pecho. Allí, bañado en un rojo oscuro, estaba el niño. La bala, ciega y violenta, le había atravesado la mano derecha, junto al corazón inocente que latía bajo su pecho. La sangre manaba, pintando un mapa de dolor sobre su piel.
Su hermana, con un valor nacido del puro terror, lo tomó en sus brazos, convirtiéndose en su altar y su baluarte. Los gritos de auxilio se mezclaron con el llanto ahogado de la madre, formando un coro desolado que imploraba a la noche. Así, entre la urgencia y la desesperación, lo trasladaron como un frágil tesoro herido al hospital.
Lo operaron de la mano derecha. Salvaron su vida, pero no pudieron borrar la huella. La cicatriz quedó, no solo en su carne infantil, sino en el lienzo de su destino. Aquel disparo, escapado de un juego insensato en una noche de verano, se convirtió en la marca indeleble que, para siempre, narraría su vida: una historia que comenzó con un estallido, un grito, y el rojo oscuro de la sangre bajo la luna de 1965
aapayés
miércoles, 24 de diciembre de 2025
Bebiendo el sexo de la discordia
martes, 23 de diciembre de 2025
En el acantilado del tiempo.
lunes, 22 de diciembre de 2025
Mi Compromiso
domingo, 21 de diciembre de 2025
En los labios de quien amo
Relato V - Metamorfosis de la oruga a Mariposas Amarillas
Eran los vientos de octubre los heraldos del cambio. Cada año, en los umbrales de ese mes que despedía al verano y daba la bienvenida a noviembre, un milagro se gestaba en la pequeña escuela lindante con el bosquecito. Los árboles, antaño vestidos de un verde oruga, «cuetanos», se transfiguraban, adoptando un verde fluorescente que parecía alterar la propia textura del tiempo.
A un lado se erguía la Escuela Nacional de Comercio (ENCO), y frente a ella, se extendía el vasto espacio al que llamábamos cariñosamente «el bosquecito». Era un rincón que, bajo el cuidado de Sor Thelma, se había convertido en un oasis sereno: un jardín donde las ninfas descansaban sobre el espejo de agua de pequeñas piletas, emanando una frescura que era un bálsamo en el clímax del calor.
Aquellos mismos árboles, poseídos por su verde luminoso de los cuetanos, culminaban su silenciosa metamorfosis en el mes de noviembre. No era solo un cambio de color; era una transmutación. Los orugas «gusanos» se desprendían, sí, pero para convertirse en un enjambre de mariposas amarillas. Liberadas de su forma arbórea, iniciaban una danza etérea, meciéndose al compás del viento sobre la planicie de la cancha de fútbol, junto a la escuelita que colindaba con el dormitorio de varones -aquel que años más tarde se transformaría en el prestigioso Bachillerato de Artes, el CENAR-.
Desde la lejanía, frente al auditorio y la cancha de baloncesto, el espectáculo era sobrecogedor. Se veía cómo oleadas de estos seres alados, como un manto dorado y viviente, ondulaban al unísono, creando y deshaciendo formas en el aire. Era una escena de pura maravilla: caminar por aquella cancha del Hogar del Niño era como avanzar sobre un tapiz de sueños, sintiendo cómo las mariposas acariciaban el espacio a su alrededor, rozando la piel y el alma con su vuelo ligero.
Con el paso de los años, aquel fenómeno fue desvaneciéndose hasta esfumarse por completo. Nunca más volví a ser testigo de ese sublime espectáculo que los vientos frescos de octubre, noviembre y diciembre nos regalaban. Un regalo que coincidía con las vacaciones escolares de fin de año, un tiempo en el que, paradójicamente, la euforia estudiantil cedía su lugar a una soledad impregnada de belleza.
Hoy no es más que una caricia en la memoria, un susurro nostálgico de lo que fue la Casa Nacional del Niño, conocido por todos como el Hogar del Niño - San Vicente de Paúl, en San Jacinto, San Salvador. Un instante de magia natural, efímero y eterno, grabado a fuego en el recuerdo.
aapayés
sábado, 20 de diciembre de 2025
Duerme
viernes, 19 de diciembre de 2025
En la literatura del olvido
jueves, 18 de diciembre de 2025
En la cama de tu cuerpo
miércoles, 17 de diciembre de 2025
Conversando a solas
martes, 16 de diciembre de 2025
La poesía que inventamos.
lunes, 15 de diciembre de 2025
Ante los muertos de mis deseos
domingo, 14 de diciembre de 2025
Acaricio tu ausencia
En algún lugar de El Salvador
sábado, 13 de diciembre de 2025
Relato III de un prisionero político en las carceles clandestina de El Salvador
El Cáliz de la Infamia
Eran los días del secuestro y la desaparición, una época en la que el tiempo perdía su ritmo y la oscuridad se volvía tangible. Mi existencia se había contraído hasta caber en un limbo de ceguera y dolor perpetuo: vendado, semidesnudo, con los brazos inmovilizados a la espalda por esposas que mordían la carne. Un short era mi única prenda en aquellas mazmorras de los escuadrones de la muerte.
Incontables horas se habían acumulado, despojadas del consuelo del alimento o una sola gota de agua, mientras era sometido al suplicio insomne de permanecer de pie. Mi cuerpo, un fardo exánime, era arrastrado en las madrugadas lúgubres hacia otro antro, un lugar helado donde el dolor se aplicaba con saña metódica. Tras cada sesión, regresaba a mi encierro como un despojo, medio muerto por los choques eléctricos, la capucha asfixiante y la violencia innombrable que todo lo habitaba. Y cuando el agotamiento quebrantaba los últimos vestigios de mi voluntad y me derrumbaba sobre el suelo frío, la respuesta era inmutable: una lluvia de golpes que, a fuerza de brutalidad, me obligaba a erguirme de nuevo, a persistir en aquel suplicio sin horizonte.
Exhausto, al borde mismo de la disolución, sentía cómo la deshidratación agrietaba mi garganta y nublaba mi razón, convirtiendo cada pensamiento en una sombra. Fue entonces cuando, en un acto de puro instinto animal, decidí arrastrarme. A ciegas, guiado solo por el tacto de mis pies sobre la losa fría, me deslicé hacia el rincón donde intuía el baño. Me incliné sobre la taza del retrete y, en un gesto de suprema humillación, hundí la cabeza en su interior para beber.
El primer sorbo fue un veneno: un líquido espeso, de un sabor y hedor a orines y excremento que se me antojó insufrible. Pero, bajo el asco inmediato, brotó un alivio primitivo, un espasmo de vida que mi cuerpo, desesperado, reclamaba a gritos. Y volví a sumergirla. Una y otra vez, en un rito macabro, apagué mi sed con el agua putrefacta de aquel lugar.
Días después, tras otra vuelta de calvario en las celdas de tortura, repté nuevamente hacia el mismo rincón. Vencido por la necesidad, me incliné y hundí el rostro en la taza. Pero esta vez, mis labios y mi bigote no encontraron solo la humedad nauseabunda, sino la masa sólida y repulsiva de los excrementos. Una náusea visceral, surgida de lo más hondo de mi ser, me recorrió entero. Arranqué la cabeza hacia atrás con un espasmo y con las manos aún prisioneras a mi espalda, inicié un ritual de purificación desesperado del agua putrefacta, una y otra vez vaciando aquella agua inmunda, la suciedad tangible, sino la mancha indeleble de la humillación. Hasta que, agotado y vencido, no me quedó más consuelo que inclinarme de nuevo y reanudar el sacrilegio, bebiendo, una vez más, de aquel cáliz de podredumbre en las mazmorras clandestinas de los escuadrones de la muerte en El Salvador.
aapayés
viernes, 12 de diciembre de 2025
Rodando por la escalera de las nubes
jueves, 11 de diciembre de 2025
La noche de luna ciega
miércoles, 10 de diciembre de 2025
Ya no habrá labios para el silencio
martes, 9 de diciembre de 2025
Los arquetipos del olvido
lunes, 8 de diciembre de 2025
Comiendo heces en el cementerio
domingo, 7 de diciembre de 2025
La Soledad
sábado, 6 de diciembre de 2025
En las aduanas del pensamiento
viernes, 5 de diciembre de 2025
Me conmueve el silencio de tu belleza
jueves, 4 de diciembre de 2025
Con tu cuerpo delineando tentaciones
miércoles, 3 de diciembre de 2025
Su mano izquierda siembra el tiempo
Relato II de un prisionero político en la carceles clandestinas de El Salvador
La noche era de vida o muerte.
A mediados de la semana de estar secuestrado y desparecido en las cárceles clandestinas de los escuadrones de la muerte de la Policía de Hacienda de El Salvador.
Me llegaron a sacar a media noche, de la celda donde me tenían en medio, de pie, todo el tiempo vendado de los ojos y con los manos hacia atrás, y esposadas, sin dormir, sin comer, sin agua y sin nada de ropa, solo el pequeño short que me habían puesto los verdugos del régimen al llevarme cuando me secuestraron.
Me sacan tres elementos fuertemente armados, y me llevan a un vehículo particular, sin placas, vidrio polarizados.
Esto lo hacían cuándo sacaban a los secuestrados y los llevaban a matar, y dejarlos tirados en los basureros de Mejicanos, Cuscatancingo, Santa Lucía, en el Playón...
Llegamos a un río o lago, me sumergieron complemento en el agua, y me disparaban cerca de los oídos, con un sonido espeluznante y aterrador, de sentir el impacto perforar mi cabeza en cualquier momento, así me tuvieron por un tiempo, podrían haber sido la una o dos de la madrugada. Después de un tiempo. Me sacaron y me volvieron a llevar al vehículo y en medio de la carretera, no sé cual o hacia donde era esa dirección, sé que era una calle helada, fría complemento pagado a mi vientre y pecho.
Uno de ellos colocó mi cabeza de lado y con la bota en el rostro la contramano al asfalto y gritó "DALE" y el vehículo arrancó y se acerco a mi cabeza una de las llantas del vehículo y la puso pegada a mi cabeza, que con un cálculo profesional, encendía y aceleraba el motor moviendo con una fuerza calcula que rozaba mi cabello una y otra vez por un tiempo.
Mi pensamiento siempre fue, que ese día al amanecer, mi familia encontraría mi cuerpo vendado de los ojos y amarrados de los dedos pulgares de las manos hacia atrás sin ropa quizá con el short que me habían puesto...
Fueron los tiempos de lucha revolucionaria en El Salvador y tiempos de esperanza.. a pesar de todo
aapayés




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