Yo, peregrino del polvo, busco
la quietud sacra de ser tu altar,
el norte fijo de tu plegaria,
y el óleo santo de un roce
ungiendo la desnudez de tu silencio.
Yo, mendigo del alba, busco
el per omnia saecula saeculorum de un beso,
en la catedral sin muros de tu gracia,
en tu cuerpo inmaculado,
hostia blanca de la luna.
Yo, vigía de tu aurora, busco
el pax profundo de tu mirada
ante el incensario del sol naciente,
el ósculo imprevisto de tus velos,
y una bendición de brisa
en la nuca de tu espíritu.
Yo, fiel sin dogma, busco
ser el amen que se pierde
en el manto infinito de tu noche santa.
aapayés

