Las sílabas son peces de tinta
que nadan hacia el jardín de ecos,
donde yacen los sustantivos rotos.
Brilla una estrella ahogada en el frasco de la memoria:
es el amor que se deshizo
en un parpadeo de relojes.
Las pestañas cosechan sueños de aluminio
y la ausencia pulsa con luz de medusa.
El maquilíshuat extiende sus raíces por el techo,
y a la sombra de mi silencio -ese animal geométrico-
brota un verso de cristal ahumado.
Pienso en tu nombre de piedra imantada:
arquitectura vertical,
isóbara fija,
geografía que se aleja dibujando un malecón de sal.
Las palabras ahora son arterias de vaho,
gritan en frecuencias de musgo
el himno perpetuo a lo que nunca tuvo forma.
Tú,
o la idea de ti,
eres el alfabeto original,
la metáfora que respira en el vacío.
Me sumerjo en la soledad líquida,
la visto con gasas de tiempo.
Le susurro a su oído de arcilla:
este amor es un hueco que pesa,
una constelación que nunca apagó sus faros.
Todo corre en paralelo al revés:
las palabras,
el río sentimental,
tu rostro de mapa quemado.
Ya sólo quedan
la ausencia que crece como un cristal,
el silencio que tiembla como un nervio,
el alma -esa habitación sin paredes-.
aapayés

