Su mano fue un río
que ascendía,
un relámpago tibio
que me tendía la escalera de caracol
de su espina.
Acaricié el alma
-era un panal de ecos,
sus sentidos:
cinco puertas abiertas
a un mismo jardín de cristal quebrado.
Y ese grito de amor,
mudo y azul como el interior de una amatista,
brotando de la geología secreta de su silencio.
La desnudez de su silencio no era ausencia:
era un bosque de símbolos
donde los espejos bebían de su propio reflejo,
un cuenco de arcilla cósmica desbordando mi imaginación.
Imaginación de tenerla
escribiendo poesía
con tinta de constelaciones
sobre el pergamino de mis deseos,
donde cada línea
era un nervio expuesto
al aire eléctrico de la noche.
Y solo brotaron besos
-no besos,
sino frutos de un árbol
cuyas raíces beben directamente del sueño.
Los versos se expandieron
como líquenes o como humo inteligente,
trepando por la geografía cálida
y cartografiada de su desnudez,
subiendo por los valles de luz
y las colinas del tacto,
hasta alcanzar la cumbre roja
y húmeda de sus labios,
que se abrían como el pétalo final
de una rosa hecha de tiempo puro.
Me tendió su mano
-una llave de hueso y luz-
y al cerrar los dedos, no tomé carne,
sino el manuscrito ardiente.
Hice mía su poesía:
un animal vivo,
dorado y plural,
que anidó en mis venas
y comenzó a cantar con mi propia sangre.
aapayés

