Y de pronto la ausencia
habitó la distancia.
Un alba herida
por la espina del agravio.
El reloj, estéril, mastica el recuerdo de un beso
mientras la melancolía escribe poemas
con tinta de sombra,
sin rezar,
justo en la raya donde el cielo se despide.
Castigo de un verso
que nace muerto,
cópula imposible de virtudes
en un amor que huye
como estampida de pájaros rotos.
Que se calle el sueño.
Que la realidad se desangre,
se vuelva efímera,
polen en el ojo del olvido.
Y otra vez el vértigo,
pero ahora es la ausencia
la que empuja.
Un verso, desnudo,
le susurra obscenidades a la miel de tus labios.
Y esa boca, ay, esa boca:
un destierro donde la poesía se ahorca.
Tu cuerpo es un abanico que abre y cierra
un amor lleno de cicatrices.
La complejidad,
tan fría,
tan monja de convento,
se disfraza de telaraña y nostalgia.
Y la ausencia
no es un abismo,
es un ojo que me mira desde el fondo de un pozo.
Si no escucho tu nombre
rebotando en las paredes de la cama,
mi voz es un pájaro sin alas,
un náufrago en el colchón de la poesía.
La noche es una puta lujuriosa
cómplice de este amor
que atraviesa el vacío
como un cometa ebrio.
Y lo eleva, sí,
lo encarama en la nostalgia,
hasta tocar la astronomía exacta de tu cuerpo desnudo,
constelación errante
en el infinito de la literatura.
Que te quede claro,
que te atraviese como un cuchillo de seda:
tu ausencia es el único país que habito,
vértigo de un minuto
que se enreda en la falda del segundo,
suspiro que lee poemas de amor
a escondidas,
por el lado salvaje del destino.
Y entonces,
todo se hizo polvo.
El vértigo derramado,
el licor de tu ausencia,
se hizo añicos
en los pliegues,
en los renglones más heridos de tu cuerpo,
ese libro que nunca aprenderé de memoria.
Dame un beso,
pero que sea un incendio.
Una caricia que deshiela el alma.
Y un verso,
uno solo,
que sepa a liturgia
cuando mi lengua rece
en el pubis exacto de tu presencia,
donde la nada se hace carne
y la carne se hace verso.
aapayés

