Entre la ausencia que consagra tu nombre,
mientras el destino, lento incensario,
viste de incienso tu silencio,
me postro.
Ante el exilio de la memoria,
ante la sabiduría amarga
de ser plegaria no rezada
en la nave eterna del purgatorio.
Y en tu paraíso de nada,
en el ostensorio vacío del olvido.
Entre el cáliz de la soledad
y la hostia de la verdad,
permanezco.
En el infierno litúrgico de saber,
en el rito de coquetear con el abismo:
ser la unción perdida,
la última extremaunción
en el arrecife de tu cuerpo relicario.
Un verso-eucaristía con amor,
para un beso sin comunión.
Me inclino, amén y amén,
hacia el verso que es sagrario y llanto,
manantial, viático y forma de vivir…
en este largo oficio sin ti.
aapayés

