Aquella hora muerta del internado no era una hora cualquiera. Era el intervalo entre el mediodía y las dos de la tarde, ese paréntesis en que el mundo de los adultos se rendía a la siesta obligatoria y nosotros, los niños, quedábamos suspendidos en una burbuja de quietud. El silencio no era vacío, sino una tela tensa habitada sólo por respiraciones ajenas, por el leve crujir de los colchones viejos, por algún suspiro que otro escapado de un sueño incipiente. Pero cuando el reloj daba las dos, como un latido exacto, se desataba el rito: nos alineaban en fila y nos conducían a la biblioteca.
La biblioteca. Más que una sala, una catedral de sombras y papel. Allí, entre estantes que se alzaban hasta el techo como murallas de mundos encerrados, nos entregaban a las tareas escolares o, como solía ocurrir en mi caso, al delicioso extravío de la lectura. Mis dedos, aún torpes, recorrían los lomos encuadernados en piel o cartón gastado: Romeo y Julieta, La Madre, María, el Infierno de Dante, Tom Sawyer, La cabaña del tío Tom. Clásicos que devoraba a medias, con esa voracidad incompleta de la infancia, cuando se lee más con el corazón que con la razón. Y fue allí, sin estrépito ni advertencia, donde me llegó el amor.
No un amor cualquiera, sino el amor en estado puro: el beso imaginado, el destino de un afecto infinito que los libros derramaban sobre mí como un vino oscuro y dulce. Las imágenes de aquellos relatos me devoraban el ánimo. Me encendían una pasión por el amor idealizado, por la poesía que invadía mis venas como una fiebre dulce. Palpitaba en mí el deseo de sentir, de vivir aquellos versos que hablaban de un beso, una caricia, una mirada, un te amo o un te quiero inolvidable. Todo sucedía en los corredores de aquel recinto inmenso, donde las aventuras infantiles, con los años, se transformarían en la lectura infalible de la adolescencia: amor y rebeldía.
Un día, sin embargo, el rumor llegó a mis oídos como una brasa encendida. Los orientadores estaban reunidos en las llamadas "bancas de hierro", unos asientos fríos y renegridos plantados en el jardín frente a la cancha de fútbol. Hacían sus valoraciones, esos juicios de adultos que los niños escuchamos sin querer, o queriendo demasiado. Uno de ellos dijo, con la suficiencia de quien cree poseer la verdad:
-Para mí, la más bella es la chica de ojos claros, entre verdes y azulados.
-Vilma -exclamó otro, asintiendo.
-Sí -confirmó un tercero.
Y al escuchar ese nombre, al sentir ese dictamen de belleza posado sobre una desconocida, algo se removió en mi pecho. No era celos, no era deseo aún. Era la pregunta germinando: ¿quién es? Así nació mi inquietud, mi curiosidad. Así comenzó la caza silenciosa de un rostro.
Ella había llegado al internado apenas un año antes, y yo, que llevaba muchos más en aquel claustro, conocía a casi todas las jóvenes de mi edad. Pero a ella no. Éramos niños entrando a la pubertad, esa etapa torpe y maravillosa donde las inquietudes por el amor nacen como hongos después de la lluvia. El amor, para mí, había llegado primero por los ojos inocentes del niño que fui: por la lectura. Lo había conocido en las páginas, en las palabras que se alzaban como pájaros hacia la poesía, en esa prosa literaria que tejía amores de ensueño. Era una forma nostálgica de enamorarse de la vida, del sentimiento mismo.
Pero un día, el amor tomó forma de mujer ante mis ojos.
Fue una tarde de invierno. La luz caía pálida y húmeda sobre los patios. La vi acurrucada en el suelo, dibujando estrellas con un dedo sobre el polvo que el viento, en su capricho, borraba en un instante. Era bella, blanca, con una fragilidad que no era debilidad sino otra forma de luz. Sus ojos, verdes y claros, parecían iluminar su presencia como dos faros pequeños en la penumbra. Con una ternura que no sabía que poseía, me incliné hacia ella y pregunté:
-¿Eres Vilma?
Ella alzó el rostro. Me miró con esos ojos llenos de vida, de ese fulgor que los libros nunca habían podido dibujar del todo, y dijo:
-Sí. ¿Y tú eres el gemelo?
-Sí -respondí, con una voz que apenas me pertenecía, tímida y nerviosa, al escucharla y verla tan de cerca. Después de haberla imaginado tanto, de haberla buscado en los corredores sin saberlo, allí estaba. Frente a mí. Real. Palpitante.
El momento fue mágico, inolvidable, de esos que la memoria engasta en oro para siempre. Desde entonces comenzó una historia de amor puro. No había prisa, no existía el morbo, ni siquiera el deseo carnal entendido como lo entienden los grandes. Sólo el anhelo de sentir, de vivir el instante, de habitar el amor como se habita un poema. Ella era Vilma. Y Vilma era el amor.
El mismo amor que antes había encontrado en los libros, en los versos que pintaban a la perfección el sentimiento sin haberlo vivido. Hubo besos -los primeros, torpes y eternos-, caricias de manos que temblaban, miradas que sin decir una palabra lo decían todo. Fue el amor de niños, puro y casto, que vivía soñando despierto.
La lectura, ya desde aquellos años, hizo palpitar en mí el amor de un verso nacido en los ojos. Allí, en la biblioteca de la poesía, comprendí que el verdadero amor no se aprende: se reconoce. Como se reconoce un libro que ya se había leído en otra vida.
aapayés

