Microbiografía de Adolfo Payés

Bertolt Brecht

Bertolt Brecht

sábado, 13 de diciembre de 2025

Relato III de un prisionero político en las carceles clandestina de El Salvador









El Cáliz de la Infamia

Eran los días del secuestro y la desaparición, una época en la que el tiempo perdía su ritmo y la oscuridad se volvía tangible. Mi existencia se había contraído hasta caber en un limbo de ceguera y dolor perpetuo: vendado, semidesnudo, con los brazos inmovilizados a la espalda por esposas que mordían la carne. Un short era mi única prenda en aquellas mazmorras de los escuadrones de la muerte.

Incontables horas se habían acumulado, despojadas del consuelo del alimento o una sola gota de agua, mientras era sometido al suplicio insomne de permanecer de pie. Mi cuerpo, un fardo exánime, era arrastrado en las madrugadas lúgubres hacia otro antro, un lugar helado donde el dolor se aplicaba con saña metódica. Tras cada sesión, regresaba a mi encierro como un despojo, medio muerto por los choques eléctricos, la capucha asfixiante y la violencia innombrable que todo lo habitaba. Y cuando el agotamiento quebrantaba los últimos vestigios de mi voluntad y me derrumbaba sobre el suelo frío, la respuesta era inmutable: una lluvia de golpes que, a fuerza de brutalidad, me obligaba a erguirme de nuevo, a persistir en aquel suplicio sin horizonte.

Exhausto, al borde mismo de la disolución, sentía cómo la deshidratación agrietaba mi garganta y nublaba mi razón, convirtiendo cada pensamiento en una sombra. Fue entonces cuando, en un acto de puro instinto animal, decidí arrastrarme. A ciegas, guiado solo por el tacto de mis pies sobre la losa fría, me deslicé hacia el rincón donde intuía el baño. Me incliné sobre la taza del retrete y, en un gesto de suprema humillación, hundí la cabeza en su interior para beber.

El primer sorbo fue un veneno: un líquido espeso, de un sabor y hedor a orines y excremento que se me antojó insufrible. Pero, bajo el asco inmediato, brotó un alivio primitivo, un espasmo de vida que mi cuerpo, desesperado, reclamaba a gritos. Y volví a sumergirla. Una y otra vez, en un rito macabro, apagué mi sed con el agua putrefacta de aquel lugar.

Días después, tras otra vuelta de calvario en las celdas de tortura, repté nuevamente hacia el mismo rincón. Vencido por la necesidad, me incliné y hundí el rostro en la taza. Pero esta vez, mis labios y mi bigote no encontraron solo la humedad nauseabunda, sino la masa sólida y repulsiva de los excrementos. Una náusea visceral, surgida de lo más hondo de mi ser, me recorrió entero. Arranqué la cabeza hacia atrás con un espasmo y con las manos aún prisioneras a mi espalda, inicié un ritual de purificación desesperado del agua putrefacta, una y otra vez vaciando aquella agua inmunda, la suciedad tangible, sino la mancha indeleble de la humillación. Hasta que, agotado y vencido, no me quedó más consuelo que inclinarme de nuevo y reanudar el sacrilegio, bebiendo, una vez más, de aquel cáliz de podredumbre en las mazmorras clandestinas de los escuadrones de la muerte en El Salvador.

aapayés