El día en que el tiempo se partió en dos
Un domingo cualquiera, o eso creí al principio. Amanecí entre los muros silenciosos del seminario franciscano, donde la paz parecía entrelazarse con la piedra. Tras un desayuno rápido, salí. El aire olía a lluvia reciente y a tierra húmeda. A las diez en punto, una cita urgente me aguardaba en el zoológico de San Salvador: Flor, Héctor y yo debíamos trazar las líneas frágiles de una red de salud clandestina. La guerra respiraba a nuestro alrededor, y cada gesto de organización era un acto de fe contra el olvido.
Llegaron puntuales. Flor llevaba en brazos a su hija, una criatura de seis meses que dormía ajena al mundo que la rodeaba. Nos saludamos con la seriedad breve de quienes conocen el valor del tiempo. Bajo la sombra de un árbol, expliqué la urgencia: montar casas de seguridad, preparar logística para lo que venía. Las palabras salían medidas, precisas, como puntos de sutura en una herida abierta.
Terminada la reunión, emprendimos la caminata hacia la parada del autobús, la ruta 12 que nos devolvería al vientre gris de la capital. Caminábamos frente a la Escuela de Sordomudos, un lugar de silencio enseñado, cuando el paisaje se quebró.
Al otro lado de la calle, frente a las rejas del zoológico, dos vehículos sin placas se habían detenido. Fantasmas de metal y vidrio polarizado. El primero, un sedán blanco, albergaba cuatro figuras inmóviles; el segundo, una pickup doble cabina, cargaba otros cuatro hombres en su interior y cuatro más sobre la capota. Todos vestidos de civil. Todos fuertemente armados. Todos con la mirada fija en nosotros, como halcones sobre una presa que ya ha sido señalada.
El peso del instante cayó sobre mí como una losa. Con la niña aún en mis brazos, musité hacia Flor: "El enemigo. Está frente a nosotros". Sus ojos se agrandaron, reflejando el mismo entendimiento lúcido y frío. Empezamos a tender líneas de fuga con la mirada, mientras el autobús de la ruta 12 se acercaba, rugiendo como una bestia de salvación. Subimos. El vehículo arrancó en dirección a Los Planes de Renderos, llevándonos en sentido contrario a aquellos coches letales.
Pero no hubo escape. Por el espejo retrovisor, vi cómo los fantasmas de metal se ponían en movimiento, siguiendo nuestro rastro con una calma aterradora. El paisaje verde comenzaba a desfilar cuando, en la curva del kilómetro 8, perdí de vista a nuestros perseguidores. Una esperanza frágil, un respiro. "Me bajo con Héctor", dije rápido a Flor. "Tú sigues hasta Los Planes".
Héctor descendió. Yo iba tras él cuando, en un relámpago, los vehículos reaparecieron, cerrándonos el horizonte. "¡Corre!", le grité a Héctor, y volví a subir al autobús de un salto. Me acerqué a Flor, cuyo rostro era ya un mapa de tensiones. "Yo me quedo en el seminario. Tú llega hasta al parque Balboa". Le pedí al conductor que redujera la marcha. En la próxima curva, antes de que el metal asesino nos alcanzara, me lancé al vacío.
El mundo se volvió piernas, asfalto y el sonido de mi propia respiración. Corrí hacia la entrada del seminario, ese refugio que ya no lo era. Al cruzar la calle, vi por el rabillo del oído cómo los vehículos se detenían frente a la iglesia, bloqueando la paz del lugar. No me detuve. Me adentré en los pasillos conocidos, deshaciéndome de papeles comprometedores en los baños, quemando evidencias con la urgencia del condenado.
Escalé el muro trasero. Desde allí, el mundo era una calle vacía cuesta arriba. Vacía, excepto por dos figuras que vigilaban la esquina. Uno de ellos volvió la cabeza. Nuestras miradas se cruzaron en el aire envenenado.
Retrocedí. Busqué el último santuario: un aula donde el padre Miguel Cabada impartía una charla a un grupo de la comunidad eclesial de base. Sus palabras de fe flotaban en la habitación. Yo solo podía hacerle gestos desesperados, señales mudas de auxilio, cuando la puerta se abrió de par en par.
La luz del pasillo, de repente, se quebró. Se recortó en ella la geometría brutal de cinco siluetas. No eran hombres; eran la materialización de una amenaza larga y temida. Empuñaban fusiles G3, y el metal frío de sus cañones era la única respuesta a la pregunta no hecha, la única palabra en ese silencio electrizante.
No hubo diálogo, no hubo escapatoria. Solo el lenguaje primitivo de la violencia: el impacto seco de las culatas contra las costillas, un ritmo sordo que hablaba de quebrantos. Los orificios oscuros de los fusiles, círculos perfectos de una condena, se fijaron en mí. Mi mirada, contra todo pronóstico, no se desvió. Era una serenidad extraña, un lago en calma en medio del huracán, y se cruzó, una a una, con cada uno de esos ojos negros de acero que me apuntaban. Era un duelo mudo, un reconocimiento final entre el cazador y lo cazado.
Los golpes, sin embargo, no cesaban. Eran el tambor que marcaba el fin. Y de entre aquel bosque de armas y brazos, unas manos ásperas, con la urgencia de quien tapa un secreto, me vendaron los ojos a golpes. La luz del mundo se apagó, reemplazada por una tela áspera y la presión de nudillos contra los pómulos.
Forcejeé. Fue un acto puro de instinto, un espasmo del animal acorralado contra un destino cuyo guión ya estaba escrito en tinta indeleble. Un movimiento inútil, sí, pero necesario: el último testimonio de un cuerpo que se niega a ser dócil ante su desaparición. No hubo piedad en la fuerza que se opuso a la mía. Como un fardo, como una cosa, me arrastraron fuera de aquel santuario de palabras y fe, cruzando el umbral donde terminaba la paz y comenzaba la noche.
El aire libre me golpeó, seguido por el impacto seco de un puño en la cabeza. "A vos te queríamos, hijo de puta", escupió una voz. Moví la cabeza con violencia, y por un instante, bajo la ceguera forzada, vi un rostro. Un rostro conocido. Era un oreja, un infiltrado que había compartido aulas y consignas en Ciencias Sociales con la gente del FEUS, el frente estudiantil.
Otro golpe, esta vez con la cold steel de una pistola 9 milímetros. La luz estalló en chispas blancas dentro de mi cráneo. Me arrojaron al piso del asiento trasero del sedán blanco. Las botas pesadas se posaron sobre mi costado, mis piernas, mi pecho, pisoteando el aliento. El hombre a mi cabeza no cesaba: me golpeaba con la culata de su pistola, una y otra vez, mientras presionaba el cañón frío contra mi sien, bajo la oreja.
El clic seco del gatillo al ser amartillado resonaba más fuerte que cualquier golpe. "Hoy no salís vivo de esta, hijo de puta", mascullaba, y su aliento olía a cigarrillo y odio. "Te tenemos. Y nos vas a entregar a los demás."
El vehículo arrancó, y el camino se convirtió en un túnel de oscuridad, dolor y ese clic metálico, repetido como un mantra de muerte. Pero esa… esa ya es otra parte de la historia.
aapayés

