Cuando aún no has probado su quietud,
la invocas con un grito desolado,
como a un amor esquivo y anhelado
que promete un abrazo de eterna paz.
Porque la vida es solo un breve soplo,
un átomo de luz en la penumbra,
un susurro urgente que debemos amar
para paladear, al fin,
el silencio primordial de la nada
y la dicha serena de lo eterno.
La ausencia,
esa compañera silenciosa,
hay que aprender a vivir en su mirada.
Y disfrutar la vida
aapayés

