Escuché la noche,
el grito silencioso
de la agonía,
incipiente y cruel.
Me senté a escribir
un poema equivocado
que dejaba caer su melancolía.
Me detuve,
ingenuo y fiel a la poesía,
y derramé todo el amor
que en mis venas fluía.
Escuché la noche
dormida,
y estrangulé las palabras
que en las vísceras
gritaban por salir,
por acariciar
el capricho celestial del silencio,
ungido de ternura.
Acaricié la noche dormida en mí.
El grillo
no me dejó parir poesía,
y solo brotaron tentaciones,
tentaciones acumuladas
por ese amor
que nunca llegó,
por ese amor
que jamás abrazó
este corazón que quiere amar.
Escuché la noche
llorar,
leyendo poesía
que le arrancó una lágrima
de amor,
una lágrima de amar.
Escuché la noche,
y, como siempre,
no estabas tú.
aapayés

