Microbiografía de Adolfo Payés

Bertolt Brecht

Bertolt Brecht

sábado, 17 de enero de 2026

Relato IX -La canción necesaria












Escuchar las canciones necesarias en El Salvador era una sentencia de muerte, si los cuerpos represivos te encontraban con dicha música.

Ali Primera, Guaraguau, Víctor Jara, Inti Illimani, Quilapayún, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, por nombrar solo algunos.

La Universidad tenía su propio latido: un pulso político, intelectual, y sobre todo, un aliento colectivo. Y en ese aire cargado de preguntas y anhelos, entraban aquellas canciones que, como pan fresco, alimentaban la conciencia y nutrían el espíritu revolucionario. Una cosa era escuchar la voz de Silvio, otra muy distinta era verlo.

Silvio llevaba más de una década cantando, pero su voz llegó a nosotros a principios de los ochenta, mientras los movimientos sociales -el BPR entre tantos otros- vivían su pleno apogeo. Así, con aquella música de fondo, transcurrían los días, los meses, los años de lucha. Una banda sonora para la resistencia.

No fue hasta julio de 1989 cuando, por fin, tuve la oportunidad de verlo cantar. Fue en un video, sí, pero era la primera vez que sus gestos, su mirada, acompañaban la guitarra y la palabra. Sucedió un sábado, el 22 de julio. Aquel día, yo debía organizar unos movimientos de apoyo a la organización y al sector cristiano, tarea fundamental en aquellos tiempos agitados.

Así llegué, ya entrada la noche, al Seminario Franciscano de los Planes de Renderos. Tras una reunión con unos seminaristas, uno de ellos -nicaragüense, de voz serena-  me propuso: “Quedémonos a ver cantar a Silvio”. La propuesta me estremeció. Sería la primera vez que lo vería, aunque fuera a través de la pantalla. Acepté sin dudar. Y allí me quedé, hasta que la madrugada se hizo dueña del silencio, mientras la voz de Silvio llenaba la sala, concierto íntimo, luz y sombra en aquel rincón de El Salvador.

Aquel sábado, por fin, había visto cantar a Silvio Rodríguez.

Me fui a dormir tarde, con sus acordes aún resonando en el pecho, sabiendo que al amanecer me esperaba una coordinación con unos compañeros en el parque Zoológico de San Salvador. Quedaba de paso, en el mismo trayecto hacia la ciudad, donde tomaría el autobús número 12.

Pero esa… esa es otra historia, que contaré en otro momento.

aapayés