Y encontré esa voz
Inciso en la tersura del vacío,
una geometría sonora
girando sobre su eje de savia
y sombra.
No era eco,
era un planeta recién nacido
en la órbita de un párpado.
Y no fui yo,
fuiste tú:
la sílaba germinal,
el verbo anterior a la boca,
la semilla de luz
en la entraña del fonema.
Y tomé entre mis manos
ese cristal de tiempo latiente,
y lo sembré en el campo inverso
de la noche.
Allí creció una espiral de voces,
un árbol de pulsaciones iracundas
que le gritaba al centro del mundo:
Seremos el viento que desordena los ejes.
Y uno a uno,
La voz abrió sus pétalos de frecuencia,
y fue un enjambre,
un sistema solar de ecos,
millones de espejos vibrando
en la memoria del silencio.
aapayés

