La noche se bebió mi tímpano.
Un grito creció en negativo,
una agonía de cristal líquido
y raíces de sal.
Me senté a descoser
el poema anti-sonámbulo.
Goteaba su melancolía ósea.
Me interrumpí,
inocente y traidor a la gramática,
y transfundí todo ese amor
que en mis arterias solidificaba.
La noche estaba durmiente.
Aplasté los vocablos
que en el estómago del alma
mugían por nacer invertidos,
por lamer
la arbitraria geometría del mutismo,
ungida de polen.
Acuné la noche desvelada dentro de mi costilla.
El canto del grillo
obstruyó el parto de la lírica.
Solo apostaron tentáculos,
tentáculos apilados
por aquel amor
que llegó de lado,
por aquel amor
que solo abrazó
el molde de yeso de un corazón.
Oí a la noche
sudar,
releyendo un poema
que le extrajo un diamante de clorofila,
una lágrima de antes de amar.
Escuché la noche.
Y, en su centro hueco,
tu no-presencia era la única sílaba clara.
aapayés

