ni un latido se ha escapado sin tu nombre,
desde aquel primer día en que el mundo
se rindió a tus pies y detuvo su pulso
para verme escribir un verso en tu paraíso.
Descubrimos el infierno entre las sábanas,
y el cielo de las tentaciones más dulces
se deslizó por nuestra piel como miel pecaminosa,
como labios que rezan un pecado interminable.
Entre el cielo y la tierra nos hallamos,
con el infierno de nuestros cuerpos
ardiendo en el fruto prohibido,
al compás de la poesía
que tu boca escribía sobre la mía,
letra a letra, beso a beso,
hasta quedarnos sin palabras
y sin aliento.
No he dejado de pensar en ti,
ni dejaré de arder en tu memoria.
aapayés

