El eclipse del expediente se alzó.
Y en su negrura,
no eras más que un vacío.
Ni siquiera yo estaba allí.
Al recorrer sus páginas póstumas,
sólo hallé
un poema sin órganos.
Y en su gangrena,
confirmé tu no-existencia.
El eclipse del expediente creció.
Y al final,
mi alma se deshizo en tizne:
yerta y embriagada de nada,
obscena e innoble,
como un metal maldito en la niebla eterna.
Pudriéndose de sí misma,
la palabra mental,
ese espíritu elocuente,
incineró con su frío
la última semilla del sentido.
El eclipse del expediente consumió
hasta el polvo.
Y mi infancia fue un tumor en la página,
un cáncer de sílabas vanas
en el hospital del olvido.
aapayés

