Hay un nombre
que precede al mundo,
y en su rostro de origen
habita lo sagrado.
Porque eres tú
-oh, devoradora de mi deseo-
la que consagra el cuerpo
con la lengua del fuego.
Y yo, tu ministro,
sacramento de tu delirio,
celebro en tu boca
la hostia de tu nombre.
Oh, placer compartido
como un cáliz que pasa de labio a labio,
vitoreamos el misterio
que nos une en la misma sustancia.
Por cada caricia
-letanía que reza la piel-
por cada mordida
-estigma que florece en la carne-
por un suspiro que habita tus ojos
como un incensario
que eleva su niebla hacia lo eterno.
Y un delirio
-antiguo como el primer vértigo-
susurra los versos
que el silencio no puede contener.
Amén.

