La Rutina que Conduce al Abismo
Los días corrían teñidos de guerra, y en El Salvador los escuadrones de la muerte sembraban el miedo a plena luz. En la Universidad de El Salvador, el movimiento estudiantil latía al compás de la lucha política, y mi aporte, como el de tantos otros en tiempos convulsos, era un grano de sal en el torbellino. En la UES, la resistencia era cotidiana: planificar manifestaciones, organizar el quehacer universitario, vivir.
Y es ahí, en lo habitual, donde anida el peligro. La rutina se convierte en un camino previsible, y el previsible es vulnerable. Así me sucedió.
Cada mañana entraba temprano a la UES, y al caer la tarde, entre las cuatro y las cinco, partía en busca de mi novia. Nuestro encuentro era siempre en su trabajo y junto ir al autobús que nos llevaría al centro de San Salvador. Una tarde más, una tarde que parecía igual a las anteriores, iba sentado en las butacas traseras, pegado a la puerta. De pronto, sentí sobre mí la mirada fija de un hombre. Me alarmé y comencé a observar con disimulo. Entonces descubrí a otro, con idéntica intensidad en los ojos. Eran dos jóvenes bien vestidos, de apariencia informal, pero con ese detalle siniestro: la “mariconera”, ese bolso donde los escuadrones solían llevar el arma.
De repente, no eran dos. Eran cinco. Cinco rostros imperturbables formando un círculo tácito a mi alrededor. Yo estaba junto a la salida; un movimiento brusco y podría saltar, huir. Pero no estaba solo. Junto a mí, mi novia, y esa era una responsabilidad sagrada. Al aproximarnos al mercado central, rumbo al parque Libertad, la tensión se enroscaba en mi pecho. El miedo, agudo y frío, recorría mis venas con el presentimiento del secuestro.
Inclinándome hacia su oído, le dije en voz baja: “Nos bajamos en el parque, frente a la Iglesia del Rosario”. Así lo hicimos. Bajamos corriendo, tomados de la mano, y corrimos hacia otro autobús que avanzaba por la Avenida, hacia el Reloj de Flores. Pero al subir, el corazón se me heló: ellos también habían abordado. Entonces le confesé a mi novia: “Nos siguen desde la universidad. Tenemos que actuar”.
Íbamos en la ruta 3, vía Soyapango. En medio del tráfico, decidido, le dije: “Nos tiramos con el autobús en marcha”. Bajamos en plena calle, y caminamos hacia adelante, evitando las aceras. De pronto, los cinco caminaban paralelos a nosotros: ellos en la vereda, nosotros en el asfalto. Corrimos hacia otro bus detenido por el semáforo y subimos. Pero en la parada de La Constancia, donde se agolpaba la gente, vi a uno de ellos llegar corriendo. Nuestras miradas se cruzaron por un instante cortante como un cuchillo. Subió de inmediato.
Ya en marcha, por el bulevar del Ejército, cerca de la entrada a Amatepeque, mi novia me susurró: “Adolfo, esos tipos no dejan de mirarte”. Volteé. Todos estaban ahí, sus mariconeras marcando el volumen pesado de un arma. Lo vi con claridad: el metal se delataba bajo la tela, balanceándose con el movimiento del bus.
Reflexioné un segundo, que fue una eternidad. Le dije a mi novia, con calma forjada en el miedo: “Vamos a saltar otra vez. Inclínate hacia atrás al caer”. Y así, frente a BoniDiscos, nos lanzamos al vacío de la calle. Corrimos desesperados hacia el mercado de Soyapango, perdiéndonos entre la multitud, buscando la salida que nos llevara a refugio, a la casa de mi madre.
Y debo decirlo, ahora que la memoria lo reclama: mi novia llevaba en su vientre tres meses de vida.
Así fue, en una tarde cualquiera convertida en pesadilla, como escapé una más de las tantas veces que la muerte rondó disfrazada de rutina.
aapayés

