Somos un capricho
-un guiño ciego-
de la naturaleza,
tú y yo,
dos vértices de un mismo arco,
un anatema que la nostalgia pronuncia
y un accidente que el tiempo
olvidó corregir.
Tu cuerpo,
mi cuerpo,
y entre ambos,
el deseo oblicuo,
no el recto ni el puro,
sino ese que se dobla
para rozar lo inalcanzable,
un deseo añadido
como una costura sobre otra herida,
para poder subsistir,
para seguir alimentando
el ciclo incierto
de la austeridad del pensamiento,
ese hambre de sentido
que nunca se sacia.
Cabe destacar
-y no es menor-
que entre el cielo y la tierra
solo hay un espacio vacío,
pero no vacío de todo,
sino lleno de ausencia:
el que sueña con el cielo
y el que se queda en la tierra,
dos formas de mirar
desde el mismo suelo.
Memorando de entendimiento
entre el ser y el pensar,
pero ¿quién firma?
¿Quién sella con su sangre
ese pacto frágil
que el viento deshoja
apenas pronunciado?
Cuenta la historia
-esa vieja mentira-
que tú y yo fuimos materia,
y la otra,
la que los cuerpos callan,
que tú eras Eva y yo Adán,
y que por muy tonto que parezca,
tú eres parte de mi costilla.
Burdo de decirlo,
pero cierto para el pensar
del que cree en Dios,
y para los otros,
los que miran desde el microscopio,
que somos materia viva
en evolución permanente,
un poco de barro
que aprendió a nombrarse.
Un poco de ciencia no viene mal
en estos tiempos
de austeridad intelectual,
cuando la poesía
es un lujo sospechoso
y el asombro
un gasto innecesario.
En el rincón de la librería,
donde el polvo cuenta su propia historia,
está el recipiente de la basura.
Lo reciclado
también puede encontrarse en él:
palabras usadas,
versos rotos,
dioses de segunda mano.
Todo espera su turno
para volver a ser
o para no ser nunca más.
Pero,
¿qué diría el arcángel Miguel,
ese que es el jefe de los ejércitos,
el que pesa las almas
con mano de fuego,
si nos viera aquí,
desnudos de certezas,
buscando un nombre
para este temblor que somos?
¿Y qué diría Darwin,
quien dio los primeros pasos
sobre la evolución,
el que supo que el origen
no es un jardín
sino una herida,
y que la especie
se define por su asombro
más que por su forma?
¿Hay alguna duda,
alguna sombra de duda,
de que tú y yo
somos un anatema del pensamiento,
una pregunta que se hace a sí misma,
un paréntesis
que el universo abrió
y olvidó cerrar?
Somos, apenas,
el eco de un dios que se retira
y el germen de un hombre que despierta.
Entre uno y otro,
tú y yo,
un arco sin flecha,
una cuerda tensa
que vibra
porque aún no sabe
si debe cantar
o romperse.
aapayés

