Vivir en el penal de Sensuntepeque fue una condena del cuerpo y un lento goteo que erosionaba el alma. Allí, el tiempo no transcurría; se arrastraba, denso y húmedo, cargando consigo los ecos desvanecidos del mundo exterior.
Aquel hilo tenue que me unía a la vida -la compañía familiar- comenzó a deshilacharse cuando el amor que lo sostenía reveló su fragilidad. Los primeros meses fueron un vértigo de esperanzas: cada jueves, la madre de mis hijas era un faro que puntualmente hendía la penumbra. Pero luego, el olvido empezó a dilatarlo todo. Las visitas se espaciaron en una lenta agonía: quince días, un mes, tres... hasta que, tras un año, solo quedó un silencio absoluto. La relación había perecido de inanición, ahogada en la distancia infinita que crean los muros.
Aprendí, con la amarga lucidez que da la piedra, que enamorarse en la prisión es un naufragio seguro para quien ha perdido su norte. Yo, en cambio, conservaba el mío grabado a fuego: mi encierro era político, parte de un proceso revolucionario. Tenía una causa, un nombre por el cual resistir. Pero ni la certeza más firme calienta el frío de la soledad.
La soledad en cautiverio no es la ausencia de gente; es la certeza de un abismo. Lo incierto no es el tiempo, sino la fidelidad del afecto.
Los años se acumulaban como capas de polvo en el alma, hasta que un jueves cualquiera se transfiguró. Un relámpago de gracia partió en dos la monotonía: ante mí apareció, por primera vez, mi hermano gemelo Txanba. Y con él, como un milagro adjunto, mis hijas y su madre. Las contemplaba tras un año y medio de sequía visual; a él, después de casi dos. Aquel día no fue una simple visita. Fue un renacimiento.
Supimos después que el compañero Chema había sido el ángel taciturno de ese reencuentro. Le dijo a Txanba: «Dile a los compas que manden a alguien a visitar a tu hermano. Él no tiene a nadie que venga a verlo». Así pasé año y medio, sumido en el olvido, hasta que mi hermano apareció.
Y desde aquel día, nunca más faltó. Se convirtió en la presencia fiel, en el peregrino que atravesaba montañas y burocracias para alcanzarme. Él es más que mi hermano: es mi camarada de lucha, de pensamiento, mi reflejo inalterable. A veces sospecho que, en algún plano esencial, soy él. Quizás por ser gemelos, su presencia ha sido un paisaje constante en mi interior, incluso en su ausencia. Tengo sus gestos, sus ritmos, su mirada; lo habito por completo. Desde la infancia en el Hogar del Niño, aun cuando quisieron separarnos, nuestra unidad fue inquebrantable. A través del exilio, la distancia, las tormentas, en lo bueno y en lo adverso.
Mi hermano. Mi otro yo. Mi vida y la suya, entrelazadas en un único destino.
Siempre juntos, siempre.
aapayés

