El aire caliente del verano olía a tiza, a tierra reseca y a tinta fresca de mimeógrafo. Nuestro mundo era aquel local de la Unión Consecuente, enclavado entre las cabañas de Humanidades, frente al silencio oscuro de las cabañas de Idiomas. Los días se consumían en el ritmo lento pero urgente de la memoria: reuniones, planes, la sombra larga de las fechas que se acercaban. Julgaba sobre nosotros, imborrable, el 30 de julio. El eco de los disparos en la pasarela del Seguro Social, unas cuadras abajo del Hospital Rosales, aún resonaba en el asfalto y en nuestros carteles. Era la herida que la represión de Molina había abierto y que nosotros, con brochas, papeles y palabras, intentábamos mantener viva.
Por eso, esa noche, días antes del aniversario, el local bullía. Decidimos quedarnos, trabajar mientras la ciudad dormía. De algún modo, entre todos, habíamos conjurado una cena. Cada uno aportó lo que pudo: un trozo de pan, unas frutas, algo de queso. No era fastuosa, pero en su sencillez era un banquete, un acto de resistencia compartida. La mesa, grande y desvencijada, se llenó de aquella comida humilde que sabía a comunidad, a un breve y frágil momento de paz. Agradecimos en silencio. No era común tener tanto.
La tregua fue breve. Como a las diez u once, la sombra de un custodio se pegó a la ventanilla del bunker. Su voz, un susurro áspero, nos heló la sangre: “El ejército entró por Derecho”. El aire se espesó. De inmediato, el instinto de seguridad se apoderó de nosotros. “Flecha” me miró: “Salí a verificar”. Asentí, y salí a la noche.
El campus era un laberinto de sombras y silencio. Me parapeté junto a un árbol en la esquina de las cabañas de Idiomas, cerca de las aulas de Física, con la vista clavada hacia Biología. La oscuridad era mi único escudo. Y entonces, los vi.
Emergió primero un solo soldado, un fantasma con casco y fusil. Y detrás, una procesión siniestra, una serpiente de pesadilla que se deslizaba en el silencio: filas combinadas de ejército, policía, guardia nacional, hacienda. Pasaron a seis o siete metros de mí. Conté, con el corazón golpeándome los oídos, unos cincuenta efectivos. Avanzaron por el pasillo de Física, se perdieron tras Biología, rumbo a Periodismo, para luego torcer hacia Ingeniería, Agronomía… un lento y metódico cerco que describía un círculo fatal, de vuelta hacia el Consejo Superior, el parqueo de Psicología, y finalmente, hacia nuestro pasillo. Hacia nosotros.
Corrí. La confirmación que llevaba era un nudo de hielo en la garganta. “Sí, están aquí”. Las órdenes fueron rápidas: a Víctor y a mí nos destinaron afuera, como ojos en la penumbra. Nos refugiamos en la primera aula de Idiomas, a pocos pasos del local. Desde allí, entre sombras, observábamos.
Pasada las once y media, la silueta del primer soldado recortó el pasillo. Se detuvieron frente a a la puerta. El despliegue fue un ballet macabro: uno a cada lado del marco, otro en el centro, otros en las esquinas del local, algunos desvaneciéndose hacia la parte trasera. El que estaba en el centro alzó el puño y golpeó la puerta. Toc, toc, toc. El sonido era seco, obsceno, en la quietud total. Allí se quedaron, inmóviles, durante diez minutos eternos.
Víctor y yo, desde nuestro escondite, conteníamos la respiración. Mi mente, en medio del estrés que agrietaba todo pensamiento, ya dibujaba el final: una balacera súbita, el cuerpo desplomado bajo los follajes de las cabañas de Idiomas, la última noche. Me vi ahí, tendido muerto, mientras los árboles susurraban indiferentes.
Pero el milagro, o el capricho del miedo ajeno, ocurrió. No entraron. Tras esos minutos de tensión insoportable, dieron media vuelta. Los vi marcharse, la misma fila fantasmal, desfilando una vez más frente a mi escondite, alejándose en la oscuridad.
Más tarde, los compañeros, con los rostros aún pálidos, me contaron lo que había sucedido al otro lado de la puerta. Habían estado apostados allí, listos, escuchando cada rumor. Oyeron la voz ronca de un soldado: “Entramos, la puerta está abierta…”.
Hubo una pausa. Luego, otra voz, cargada de una duda súbita o de un temor supersticioso, cortó el aire: “¡No!”.
Y se marcharon.
Así vivimos nuestra última cena. No hubo vino ni pan consagrado, sino el sabor agridulce de la comida compartida y el metal de la angustia. Esa noche, el ejército combinado, violando la autonomía universitaria, armado hasta los dientes, había entrado en nuestro santuario. Y se había ido, dejándonos con el sabor del miedo, la sombra de la muerte, y la frágil, temblorosa certeza de que, por esa vez, la historia había pasado de largo, rozándonos con sus garras heladas
aapayés

