Llegó un poema sin remitente de sombra.
Sí, el que gestaste en el revés de la niebla.
La desplegué
y un río de pájaros ciegos anidó en mi pecho.
Tu nombre latía bajo mi piel,
un incendio de musgo y estalactitas,
la sal de un beso que no dio la orilla,
el mapa caliente de un cuerpo que no fue mío.
Pero la tinta era de un azul tan profundo
que tus signos abrieron las ventanas del hueso,
y vi danzar, desnuda,
la infancia de tu silencio,
y el breve paraíso
de querernos al filo de un sueño.
Recibí tu verso desnudo,
y mi lengua se llenó de ceniza.
La soledad es un péndulo terco
que mece la cordura.
Mi imaginación desova mariposas negras
que golpean tu puerta
-esa puerta que es un muro de sal,
que ni siquiera se abrió
para que el adiós pudiera desangrarse.
Y sin embargo,
te amo con raíces de relámpago,
y me quedo,
velando un lecho vacío donde crece la ausencia,
contando las monedas de luz que caen de tu nombre.
Un verso olvidado en un frasco
endulza la deriva.
La soledad, vestida de ceniza fría,
es más llevadera sin tu peso.
Hoy abrí las compuertas del pecho
y dejé entrar el río de tus versos
que nunca escribiste.
aapayés

