Fueron tantas las palabras
que el cristal donde te nombraba
se hizo añicos en un silencio.
Y al reanudar el hilo,
mis ojos se llenaron de niebla,
mis manos olvidaron su oficio,
y la memoria,
que era un río de luz,
se volvió lecho seco
donde sólo queda
la huella de tu sombra.
Fueron tantas las promesas
que el cometa, distraído,
no detuvo su curso
para firmar nuestro instante.
Y sin embargo,
su estela quedó ardiendo,
como un beso que no termina,
como un vértigo que aún danza
en el centro del pecho.
Fueron tantas las palabras,
tantos los gestos huérfanos de piel,
que ahora escribo con los dedos temblorosos
y cada verso es un espejo empañado
donde tu rostro
se dibuja y se borra,
como el sueño
que se sabe soñado.
Fueron tantas las palabras
que el espejo donde habitar tu nombre
se cuarteó en una pausa.
Al reanudar la frase,
mis manos eran pájaros sin rumbo
y mis ojos, dos pozos secos;
la memoria, un ovillo de niebla,
y al hilarlo,
mis dedos descosieron tu forma.
Fueron tantas las promesas
que el cometa pasó de largo,
sin firma, sin órbita,
dejando un resplandor de sal y vértigo,
un latido que aún gira
en la sala vacía del pecho.
Fueron tantas las palabras,
tantos los gestos que no tuvieron piel,
que ahora escribo con los ojos cerrados
y cada verso es un umbral
donde tu sombra
apenas cabe.
aapayés

