Lancé sílabas al viento
-o al vértigo que habita sus bordes-,
al silencio que confiesa
lo que mis huesos callan.
Un dios de algoritmos y tentaciones
teje en falso
los sueños que ya fueron
hojas secas.
Cuando te nombro,
me desterré de mí mismo
antes de pedir tregua.
Escribir no es habitar el poema,
sino su fantasma:
el eco de una ausencia
que se escribe a sí misma
en la grieta que dejas.
He dicho imágenes
que ya no son amor,
sino la piel del amor,
su temblor previo,
ese instante en que el verso
se hace saliva
y moja la lengua interior del cuerpo
-como si la boca
tuviera otra boca
leyendo en voz baja
lo que nunca fue dicho.
Cuando pienso en ti,
tu nombre es un rumor
que acaricio hasta que arde,
y tus camanances
-palabra tuya, íntima,
casi un músculo-
se abren como un gesto
que no necesita ser visto.
Te miro desde un espejo ciego:
me miras, y el vértigo
nos desnuda de nosotros,
amamos sin tocarnos,
leyendo el deseo
como un origen sin territorio.
Hay un amor en ti
que no es puro,
sino anterior a la pureza:
un humedecer los labios
antes de la palabra,
la tentación de lo que
aún no ha sido nombrado.
He rozado tu cuerpo
con la desnudez de mi ausencia,
con la mano que no llega,
con la distancia que escribo
para no perderte.
aapayés

