No me queda más que esto:
un resto de luz,
el aliento,
el pulso imaginario a la creación,
donde la pintura y la poesía
se tocan como dos almas
que el viento olvidó juntar.
He caminado sobre olas sin mar,
llevando un destino
que ni yo mismo conozco.
El silencio lo sabe todo,
pero no dice nada.
La soledad, esa rosa sin tallo,
hace tiempo que dejó de oler a amor.
Lo que aún palpita
es este filo:
crear,
aunque la creación sea un parto
que se niega a nacer,
una idea que se retuerce
en el vientre del alma
y magulla desde adentro.
Amor marchito.
Eso soy.
Eso fui.
Eso seré.
Pero queda la imaginación.
Ella sí puede amarte todavía.
Amarte, pintura escrita
sobre los renglones de un lienzo
que nunca colgaré.
Amarte, óleo dormido
en anaqueles que el óxido
va comiendo como un verso
que se deshace al decirlo.
Los pinceles pernoctan
sin la fiebre necesaria.
La inspiración
es un pájaro que ya no llega,
pero cuyo nombre
aún sé pronunciar.
Me queda seguir viviendo
como quien oye el silencio
a través de una pared.
No lo ve,
no lo siente,
pero lo sabe.
Lo sabe de memoria.
Y eso,
por ahora,
es suficiente.
aapayés

