Me susurró un eco
Que la temperatura de tu cuerpo
es un jardín vedado.
La caricia de un beso
en silencio
no quema:
deshace la hora.
Arde la imagen desnuda
en la lengua de sombras de mis palabras,
porque las letras que no se pronuncian
son luciérnagas que el viento olvida.
Cuando lees poesía
y arden en tus ojos
esos versos que tiemblan,
se humedecen los espejos
y dibujan el contorno de un deseo
que no recuerdas haber soñado.
Un río inverso
moja la imagen al leer
el verso desnudo de mi sexo
-no sexo, sino raíz-
acariciando el aire
que rodea la curva de tus piernas
antes de que la tentación
se eleve como un árbol
de ceniza y leche.
aapayés

