Desnúdate despacio,
como la noche desviste al día.
Deja que mis labios
sean el eco tibio de tu piel,
que susurren los nombres
que sólo el silencio conoce,
y que mis manos,
como ramas que aprenden el viento,
dibujen tu desnudez
en el margen oculto
de mis deseos.
No es un amor que grita:
es un río que arde bajo tierra.
No es un beso que palpita:
es un latido que olvidó su jaula.
Y en la inmensidad de tus gemidos
-donde el aire se vuelve carne-,
en la entrega líquida de tus orgasmos,
no hay cimas,
solo un temblor que escribe
su nombre contra mi boca.
aapayés

