Microbiografía de Adolfo Payés

Bertolt Brecht

Bertolt Brecht

sábado, 4 de julio de 2026

Relato -La coordinación en la UCA. La espera









La Espera

A mediados de los ochenta, en El Salvador

Ser estudiante en la Universidad Nacional en aquellos años era llevar una segunda piel, invisible pero tangible, que te marcaba desde el momento en que cruzabas el portón. La UES no era solo un centro de estudios; era un territorio en disputa, una trinchera de concreto y pupitres donde cada clase, cada asamblea, cada reunión de coordinación podía ser la última.

Esa mañana, el sol de las doce caía implacable sobre las gradas cuando el compañero me abordó con la urgencia en los ojos.

-Te estábamos esperando. Necesitamos que vayas a una coordinación a la UCA.

Sin preguntas. Sin titubeos. En la revolución, las preguntas son lujos que no te puedes permitir. La reunión era a las dos de la tarde y el tiempo se nos escurría entre los dedos como agua de lluvia en tierra reseca.

Llegamos puntuales, como dictaba el código no escrito que todos llevábamos tatuado en la conciencia: la disciplina revolucionaria. La mística nos exigía esperar de cinco; si el contacto no aparecía, había que retirarse. No quedarse de más era tan importante como llegar a tiempo.

Yo me coloqué a unos metros del compañero que debía hacer el encuentro. Mi función era observar, ser sus ojos cuando los suyos estuvieran fijos en el punto de cita. La UCA bullía con el vaivén de estudiantes que iban y venían, ajenos a la tensión que se respiraba en el aire como electricidad antes de la tormenta.

Y entonces los vi.

Dos hombres que no encajaban. La ropa civil no les quedaba como a los demás; la llevaban puesta como un disfraz mal ajustado. Las miradas no vagaban distraídas por los pasillos, sino que barrenaban el espacio, buscando, calculando. Las armas las llevaban tan bien escondidas que solo un ojo entrenado podía percibirlas -el bulto apenas perceptible bajo la chaqueta, el peso que desbalanceaba su postura, la mano que no se alejaba demasiado de la cintura-.

Hay que estar "ojo al Cristo", pensé, mirando y viendo todo sin que te vean.

Me acerqué al compañero, el aliento contenido.

-Retirémonos -dije, con la voz justa para que solo él escuchara.

Y comenzamos la danza de la evasión: él cinco metros adelante, yo detrás, la distancia calculada para no parecer juntos pero para estar cerca si ocurría lo peor. Los pasos medidos, los movimientos pausados, la respiración controlada. La normalidad como el mejor de los camuflajes.

Cruzamos la cancha de fútbol. El sol reverberaba en el cemento caliente mientras nos dirigíamos hacia la bajada que llevaba al portón. Fue entonces cuando el pick-up apareció, deslizándose con una lentitud deliberada que no engañaba a nadie. Doble cabina, vidrios polarizados que ocultaban lo que había adentro. Pero la realidad siempre se filtra por las rendijas: alcancé a ver siluetas, bultos que se movían, hombres que no querían ser vistos pero que estaban allí.

-Creo que nos cayeron -susurré, sintiendo el frío del reconocimiento en la espalda-. El pick-up nos está siguiendo.

No aceleraba, no se detenía. Solo nos seguía, como una sombra que sabe que su presa ya no puede escapar.

Llegamos a la parada de autobuses, en la esquina de la entrada, y nos fundimos entre los pocos que esperaban. En ese instante, el pick-up dio la vuelta, se detuvo como dudando, y entonces los hombres bajaron. No eran dos. Eran más. Los que venían dentro se sumaron a los que ya estaban afuera, y supe que el cerco se estaba cerrando.

-Nos cayeron -le dije al compañero, la voz apenas un hilo-. Ponte las pilas, aquí no tenemos para dónde ir.

El pánico es un lujo que no te puedes permitir. Hay que transformarlo en acción, en decisión, en movimiento. Cuando el autobús apareció, no miramos el número. Solo nos lanzamos. Fue la 44, aunque podría haber sido cualquier otro. Lo importante era subir, avanzar, no quedarse.

Los tipos ya venían hacia nosotros cuando el bus arrancó. Las puertas se cerraron y sentimos el tirón de la aceleración, el rugido del motor que nos alejaba. Por la ventana trasera, vi cómo el pick-up se preparaba para perseguirnos, pero en ese mismo instante, otro autobús -un 42- se interpuso, cubriendo nuestra huida.

La 44 tomó el desvío hacia el estadio Flor Blanca, y desde la ventanilla vi cómo el pick-up, confundido, se lanzaba tras la 42, persiguiendo un fantasma que no era nosotros. La curva nos separó. El destino, el azar, la suerte de los que viven para contarlo.

Cuando el peligro quedó atrás, el miedo llegó. Llegó como una ola que te cubre cuando ya estás a salvo, y te das cuenta de que has estado conteniendo la respiración todo este tiempo. El compañero y yo nos miramos. No hacía falta decir nada.

Ese día, la coordinación nunca se realizó. El compañero que esperábamos no apareció. Tal vez lo detuvieron, tal vez tuvo peor suerte que nosotros. No lo supimos entonces ni lo sabríamos después.

Pero yo, ese día, aprendí que la muerte puede tener el rostro de un pick-up con vidrios polarizados, y que la vida a veces se decide por un autobús que llega a tiempo y otro que se cruza en el camino equivocado.

Sobrevivimos.

Y en los años que vinieron, cada vez que veía un pick-up, cada vez que un vehículo se demoraba demasiado en una esquina, cada vez que una mirada no encajaba, recordaba esa tarde en la UCA. Recordaba que el compromiso revolucionario no siempre es heroico; a veces, es simplemente esperar el autobús correcto y tener la lucidez de subir al que llega primero.

Esa fue nuestra victoria. Pequeña, silenciosa, invisible. Como la mayoría de las victorias que ocurren en las trincheras que nadie ve, en las batallas que nunca se escriben en los libros de historia.

Pero nosotros estábamos ahí. Y vivimos para contarlo.

aapayés