No tracé constelaciones
en la bóveda del cielo,
sino que engendré quimeras
y asumí su peso entero,
hasta teñir de lumbre
el silencio desde el alto firmamento.
Después llegaron los pétalos
-no había polen aún-,
y el espacio se hizo espera
un siglo tras el grito
del grillo sobre el techo
de una bicicleta quieta.
Mas no fue más que un trazo
para fingir estrellas,
pues los pétalos eran
la mentira palpable
de un amor gestado
en las entrañas del cosmos.
No tracé constelaciones
en el cielo,
sino que copulé sueños
y me puse a contar las luces
que faltaban.
Los astros ladran su destello
y, uno a uno,
se mimetizan en la noche
para llevar, a escondidas,
ilusiones de una dicha inmensa.
No tracé constelaciones
en el firmamento,
sino que deshojé tormentas
de besos
que jamás rozaron tu piel.
Ya no cuento los astros:
enumeró los pétalos
caídos de mi huerto
imaginario de amor.
Y deshojé luceros
que aullaban soledades
hasta volverlos versos
fulgentes como aquéllos
que un día,
en mi delirio,
creí haber dibujado.
aapayés

