Se fue el amor.
Y no sé decir en qué momento,
en qué esquina del tiempo,
en qué palabra no dicha,
en qué silencio mal llenado,
se fue.
Antes había algo.
Algo que no sabía nombrar
y que llamaba amor
porque no tenía otro nombre.
Era una ilusión de ser,
un instante de vivir,
un sentir sin preguntas,
un pensar sin respuesta.
El amor:
menester del alma,
síntoma emocional,
herida que se disfraza de placer,
segundo intento de no estar solo,
refugio contra la soledad,
manera de evadir el silencio,
de dejar de sentir
el vacío espiritual
de una caricia que no llega,
la emoción de vivir amando
aunque no se sepa qué es vivir
ni qué es amar.
¿Qué es el amor?
Me lo pregunté mil veces
cuando todavía estaba,
cuando todavía creía
que estaba.
Y me respondí con cosas:
un refugio a la seguridad
de vivir bien,
materialmente,
monetariamente,
estar con alguien,
tener con quien conversar,
disfrutar.
Pero eso no era el amor.
Eso era el miedo
disfrazado de compañía,
la costumbre
disfrazada de ternura,
el ruido
disfrazado de música.
Se fue el amor.
Y con él se fue
la ilusión de ser,
el instante de vivir,
el sentir,
el pensar.
Quedó el silencio.
Quedó el vacío.
Quedó esta pregunta
que ahora me habita
como una casa sin muebles,
como un Dios sin fieles,
como un idioma que nadie habla.
¿Qué es el amor?
¿Un dios? ¿Un mercado? ¿Un miedo?
¿Una forma elegante de la soledad?
¿Un nombre que le damos
a lo que no sabemos nombrar?
Se fue el amor.
O quizá nunca estuvo,
y solo aprendimos
a llamar amor
a todo lo que no era:
a la costumbre,
al cansancio,
al miedo de dormir solos,
al deseo de no pensar,
a la necesidad de alguien
que nos diga que existimos.
Se fue el amor.
Y ahora,
sin él,
sin la ilusión,
sin el refugio,
sin el menester,
me queda esta pregunta
que ya no espera respuesta,
que ya no busca consuelo,
que solo quiere quedarse
a vivir conmigo,
como se queda la noche
cuando se apaga el día.
¿Qué es el amor?
No lo sé.
Y quizá ese no saber
sea lo más cerca
que he estado
de saberlo.
aapayés

